La tartamudez infantil

Los problemas iniciales en la falta de fluidez

Se sabe con certeza que el desarrollo del habla se produce en el transcurso de los tres primeros años de vida, cuando las criaturas aprenden a decir palabras y, a continuación, frases cortas. Entonces, en el instante en que comienzan a pronunciar frases más largas, entre los 2 y 6 años, algunos niños emiten repeticiones o tropiezan en la fluidez oral. En la práctica, estos problemas iniciales en la fluidez del habla vienen capitalizados básicamente por pausas en la emisión de las palabras, sustituciones de sílabas y palabras y repeticiones tanto de sílabas como palabras, aparte de que estos síntomas de alerta pueden ir acompañados de tensiones respiratorias y musculares.

 

La falta de fluidez no siempre es tartamudez

En principio, las repeticiones de sonidos o palabras forman parte del ritmo normal de aprendizaje del lenguaje y del habla, y no hay que darle más importancia de la que corresponde. Hay que tener en cuenta que las dificultades en la fluidez del habla se pueden extender hasta los 4 o 5 años. Si superada esta edad, el niño o la niña sigue repitiendo o alargando sílabas o palabras y empieza a ser consciente de su disfluencia, es necesaria la intervención del especialista. Cuando estas dificultades duran demasiado tiempo, el niño o la niña puede manifestar miedo a hablar y, como consecuencia, tender a evitar la comunicación. Las dificultades en la fluidez del habla se denominan disfluencias.

 

¿Cuántos niños sufren tartamudez?

Esencialmente, cabe decir que alrededor de un 5% de los niños sufren tartamudez durante al menos medio año. Ahora bien, de este 5% inicial, comentar que el 75% se curan en el transcurso de la misma infancia, y tan sólo un 1% que queda afectado a partir de entonces desarrolla tartamudez crónica.

La tartamudez, un obstáculo que puede desbaratar el desarrollo del lenguaje

Es importante remarcar nuevamente que los niños empiezan a emitir unas palabras tempranas antes de los dos años. Hay que insistir que suelen ser palabras desunidas, inconexas, normalmente frases huérfanas de cualquier longitud y complicación, pero, en cualquier caso, es bien común que estos minúsculos discursos se conviertan, en el entorno familiar, en unos momentos preciados y espléndidamente evocados, casi extraordinarios.

 

Estas palabras incipientes suelen evolucionar favorablemente. A los tres años, se ha forjado un salto tangible; es a partir de este tipo de frontera, en general, cuando la compactación de las oraciones se agranda. Un año más tarde, a los cuatro, el proceso se ha solidificado con una mayor pujanza. Ahora bien, a la sombra de esta joya ensalzada que es el desarrollo del lenguaje, existe el riesgo -subrayémoslo- que pueda surgir un inconveniente, un obstáculo remarcable y muy notorio que desbarate este periodo capital.

 

El tartamudeo suele provocar desazón en los niños

En los casos en que aparece la tartamudez, se ha comprobado que es a partir de la raya de los cinco o seis años cuando el niño percibe que su habla es diferente -eventualidad que lo intranquiliza- a la de las otras personas. Además, cabe destacar que, normalmente, ya en la infancia se perfilan las primeras señales que llevan a las criaturas a esquivar o a angustiarse ante situaciones donde sea necesario hablar. Ligado con lo anterior, existe la posibilidad de que se pueda haber originado una tartamudez crónica.

El tartamudeo suele surgir entre los dos y los cuatro años

Es interesante que nos preguntemos, a estas alturas, a qué edad surgen los síntomas de tartamudeo. Esta, en suma, no es una cuestión superficial ni de poca importancia.

 
Ciertamente, las dificultades incipientes en el habla suelen iniciarse entre los dos y los cuatro años, aunque hay casos, más esporádicos eso sí, en la que ya aparece a los dieciocho meses. Estos primeros síntomas, por tanto, se producen en un momento crucial no sólo de nuestra niñez sino, aún más, de nuestra vida. Es decir: en pleno desarrollo del lenguaje, y su brote no está ligado, de entrada, a ningún hecho particular. En una palabra: es una aparición casual.

El tartamudeo de los hijos suele inquietar a los padres

Es posible que haya algunos padres que se pregunten -y se puedan llegar a inquietar- si sus hijos, estén por venir o ya hayan nacido, sufrirán tartamudeo, y particularmente si éste se convertirá en crónico. En consecuencia, creemos que hay ciertos detalles de interés que hay que comentar.

 

Factores de riesgo principales para que el niño tenga tartamudeo

Así, en el supuesto de que prestemos atención a los riesgos primordiales que pueden llevar a que el problema se vuelva crónico, es conveniente poner el énfasis en diversos aspectos concretos. Los que expondré a continuación son, en esencia, los factores principales que pueden conducir a que la tartamudez brote.

 

Síntomas de alerta

Si bien hay que destacar las veces que haga que son muchos los niños, en edades tempranas, que sufren dificultades en la emisión de las frases, es cierto que existen, a juicio de los logopedas, una serie de síntomas que indicarían que el niño o la niña puede estar desarrollando tartamudez, más allá de las disfluencias habituales. Así, los síntomas más evidentes, aparte de afirmar que suelen ser los siguientes, conviene constatar que en el supuesto de que se den de una manera recurrente y casi constante, pocas dudas quedarán que la criatura ya sufra, explícitamente, el trastorno.

 
. Repeticiones de sílabas

 
. Repeticiones de sonidos

 
. Repeticiones, al menos tres veces, de palabras cortas

 
. Decir una palabra en dos partes

 
. Alargamiento manifiesto de un sonido

 
. Silencio entre palabras

 
. Tensión durante la emisión de las palabras

 
. Tensión muscular y facial y movimientos de los brazos, manos y cuello. En cuatro palabras: signos claros y evidentes de esfuerzo.

 
. Bloqueos y espasmos

 
. Uso de «muletillas» -breves palabras de apoyo- al inicio o durante las frases

 
. Evitar hablar cuando creemos que lo quisiera hacer, pero el niño no se atreve por no atascarse

 
. Evitar decir ciertas palabras o sustituirlas por otras que le sean más sencillas de mencionar

 
. Sensación de angustia cuando se atasca

 
. Cuando estas síntomas mencionados son habituales y recurrentes y, además, hay miembros de la familia directos o indirectos que hayan tenido o tengan tartamudez, estas señales de alerta a menudo ya son indiscutibles. Es decir: bien probablemente, el niño es tartamudo.

 

Factores de riesgo principales para la cronificación del trastorno

Afirmado todo esto, es cierto que hay que anotar, resaltar y resumir una serie de factores de riesgo que ya pueden hacer pensar que el niño o la niña se ha adentrado en un estadio de tartamudez. Así, los principales factores de riesgo son los que a continuación expongo:

 
. Que el padre, la madre, un hermano o algún otro familiar tenga actualmente tartamudez.

 
. Ser niño, ya que es mucho más corriente en niños que en niñas.

 
. Que los síntomas claros de tartamudeo aparezcan a partir de los tres años y medio.

 
. Que lleve tartamudeando, como mínimo, medio año.

La conducta favorable de los padres es esencial

Es innegable que cuando una criatura sufre un estadio inicial de tartamudez, y considerando, en este sentido, la tensión, el estrés y quizás incluso el miedo que lo pueden envolver, y que por tanto es totalmente imprescindible dotarlo de un entorno más favorable, el papel y el comportamiento positivos de sus interloctures es particularmente necesario y relevante.

 

Pautas básicas a considerar para que el niño no se angustie

Así, hay una serie de pautas que, en este orden de cosas, pueden ir bastante bien a la criatura. Por poner unos cuantos y notorios ejemplos, anoto los siguientes:

 
. En los ratos que la criatura esté predispuesta para hablar, hay que aprovecharlo y tener conversaciones amenas y de temas que le puedan gustar.

 
. Estos momentos es conveniente que se hagan en momentos del día que se crea que no habrá interrupciones.

 
. En este orden de cosas, hay que avisar a los diferentes miembros de la familia que escuchen a la criatura con atención y la dejen hablar, sin interrumpir ni apresurar.

 
. En el transcurso de estas conversaciones sosegadas se requiere escuchar al niño con atención, mostrándole que lo que dice es interesante.

 
. Durante el diálogo, es preferible no hacer preguntas directas, ya que, entonces, puede verse presionado para contestarlas y corre el riesgo de atascarse.

 
. Cabe decir que estas preguntas mejor hacerlas de una en una, y para la respuesta conviene dejar todo el tiempo que el niño o la niña requiera.

 
. La conversación debe ser, por fuerza, pausada, sin prisas, relajadamente.

 
. Aunque el niño se atasque a la hora de hablar, continuar mirándole a los ojos, y de una manera natural. Por lo tanto, en ningún caso apartar la mirada.

 
. La conversación debe ser adecuada para su edad, es decir, facilitar de lleno el diálogo.

 
. Tener momentos de silencio, favoreciendo, por tanto, que el niño pueda hablar cuando lo crea conveniente.

 
. Leer en voz alta, pero sosegadamente y poco a poco, con la criatura, y mucho mejor si se trata de textos que le puedan gustar y lógicos para su edad.

 
. Reducir al mínimo las críticas a ciertas actitudes o comportamientos de su carácter.

 
. Cuando el niño hable, no sólo hay que dejar terminar la oración con calma, sino que igualmente es necesario esperar unos segundos antes de que el adulto vuelva a hablar. Hay que hacer, pues, estas pausas.

 
. Los ambientes con ruido, las rutinas diarias poco previsibles y la presión horaria suelen aportar estrés a los niños, por lo que los obstáculos orales podrían incrementar su presencia e intensidad.

 
. Y ejemplo especialmente notable, hay que tener bien presente que, aprovechando estos ratos de calma, es necesario, pausadamente y con una actitud positiva, hablar con el niño o la niña de sus obstáculos a la hora de hablar. O aún más: pedirle que empiece a hablar él o ella. Esto puede ayudar a desahogar a la criatura y hacer que se dé cuenta que su problema no es una cuestión tabú ni imparlable.

 
. Hay que dar al niño, en definitiva, todo el apoyo y decirle cómo lo queremos.

 

El niño con tartamudeo en el entorno escolar

Conviene añadir, comentados los puntos anteriores, todos ellos importantísimos y dirigidos básicamente a los padres, que en lo que se refiere al ámbito escolar, es decir, por parte de los maestros y profesores, se requiere añadir una serie de puntos complementarios. Sin embargo, cabe destacar que los anotados líneas atrás les sirven absolutamente, pero en la escuela hay algunos más a tener en cuenta. Por ejemplo, los siguientes:

 
. Es del todo imprescindible concienciar a los otros niños y niñas del aula que sean respetuosos, es decir, que lo dejen expresarse el tiempo que necesite, que estén atentos cuando habla o lee y que, por tanto, no le interrumpan.

 
. Este respeto que pide el maestro o el profesor, lo debe tener, lógicamente, él mismo. En pocas palabras: que le pregunte qué necesita para adaptarse mejor a clase.

 
. Al principio de curso, mejor hacerle preguntas en clase que requieran respuestas breves.

 
. Decir claramente que todos los alumnos tendrán suficiente tiempo para responder. Este comentario aliviará a la criatura.

 
. Sobre todo también a principio de curso, y teniendo en cuenta que leyendo en voz alta puede tener serias dificultades, facilitar que las lecturas en clase las hagan cada dos alumnos conjuntamente.

 
. En caso de que se vayan a formular preguntas a varios alumnos, es preferible que el niño disfémico sea de los primeros en contestar. De este modo, la tensión emocional será inferior y pasajera.

 
. Se le debe demostrar a la criatura que lo importante es lo que dice, no cómo lo dice.

 
. Se le debe decir que su problema no molesta.

 
. En el supuesto de que el niño o la niña reciban burlas, es imprescindible dialogar con los alumnos que las hacen y hacerles ver que el niño sufre por su problema y que le supone una carga.

 
. Hay que hablarle de su problemática oral con naturalidad, sin dramatismos ni avergonzándose, como el maestro o el profesor harían con otro alummo que requiriese cualquier otro tipo de atención especial.

 
Expuestos estos puntos, es innegable, pues, que debe ser una tarea del todo obligatoria para el maestro o el profesor tener una buena comunicación con el alumno disfémico y saber, en consecuencia, actuar de la manera más adecuada y acertada. Por ejemplo, el maestro o el profesor se puede preguntar, muy probablemente, si le tiene que hacer hablar en clase o no, si es necesario conversar con el afectado o afectada de su disfemia o bien ocultar el tema, qué hay que hacer si el niño recibe burlas de los compañeros, entre otras preguntas que, lógicamente, se puede formular.

 
De hecho, la actitud y las reacciones del niño en clase pueden ser complejas y no precisamente las que quiera el maestro. Incluso, existe la posibilidad de que se niegue a hablar. Y sobre todo si sufre acoso escolar.

 

Los niños con tartamudeo, víctimas potenciales del acoso escolar

En este contexto, el acoso escolar es un problema mayor y de alcance mundial. Justamente, hay que decir que los niños o jóvenes con tartamudeo son uno de los colectivos más tocados por el acoso. El trastorno, pues, actúa de imán para aquellos que quieren abusar de los demás, y aquellos que quieren abusar buscan, precisamente, las diferencias y las debilidades.

 
Así, un niño o un joven con tartamudez puede convertirse en una víctima fácil, mucho más que otros compañeros, ya que se le ve como diferente y en opinión de los acosadores raro y débil. Estas situaciones nada deseables es necesario erradicarlas enseguida que el maestro o profesor las detecte. Si no es así, y se instala la permisividad, detalle por suerte cada vez menos habitual dada la concienciación superior que ya hay en la sociedad en relación al acoso, el niño o el joven tartamudo no sólo puede ver como la disfemia se le acentúa sino que, además, su aislamiento, ansiedad y pérdida de autoestima pueden ser severas.

 

¿Cómo deben actuar los padres, maestros y profesores cuando el niño tartamudea?

Por otra parte, es conveniente considerar la actitud a seguir en el momento que el niño se atasca. Dicho esto, hay unas premisas básicas a valorar:

 
. Conviene no apresurar al niño para que termine las palabras o frases. Por lo tanto, se le debe dar tiempo. Todo lo que necesite.

 
. Es imprescindible que sus interlocutores adultos no se pongan nerviosos, por lo que hay que evitar que la criatura se dé cuenta y, por tanto, se angustie más.

 
. El comportamiento del interlocutor adulto debe ser natural, positivo y no bajando nunca la mirada.

 
. Decirle que conteste rápido. Ya sabemos que las prisas, para los niños con tartamudez, no llevan nada bueno.

 
. Evitar decirle que vuelva a empezar a hablar o que lo haga más despacio.

 
. Decirle que es un niño o niña tartamudo / tartamuda. Se puede ofender, e incluso sentirse burlado e insultado.

 
. Decirle que se tranquilice, que coja aire o que respire bien.

 
. Hablar alargando las palabras.

 
. No se le debe pedir que repita la frase, las frases o el discurso donde se ha atascado.

 
. Tampoco se le debe decir que hable mejor.

 
. Hay que acercarse al niño y mostrarle estima.

 
. Mostrar comprensión a sus dificultades.

 
. Manifestarle las singularidades positivas de su carácter y comportamiento general.

La falta de fluidez en los niños recibe el nombre de disritmias o disfluencias

Considerando que la disfemia o tartamudez viene capitalizada por las interrupciones en el momento de hablar, hay que destacar que estas interrupciones tienen el nombre de disritmias o disfluencias, que son sinónimos. Cabe decir, en este sentido, que alrededor de una tercera parte de los niños entre los dos y los cinco años tienen, aunque en la gran mayoría de ocasiones – y de ahí la definición de esta situación como disfemia transitoria- desaparece espontáneamente; así, tan sólo en casos determinados perduran para siempre.

 

Las disritmias, a menudo asociadas al aprendizaje del lenguaje

De hecho, estos ejemplos habituales de disritmias o disfluencias en los primeros estadios de la infancia son una consecuencia directa de que las criaturas no han afianzado el aprendizaje ni, a la postre, su organización, del lenguaje, dado que en la práctica se encuentran en pleno desarrollo de este.

 

Las disritmias crecientes y perdurables pueden ser tartamudez

Ya en el estadio inicial de las señales de alerta que demuestran que el niño o la niña se está sumergiendo en episodios crecientes y que acaban siendo constantes y recurrentes de disfluencias, es conveniente requerir la ayuda de un logopeda o de una logopeda -la mayoría de estos profesionales son mujeres-.

 
Así, a pesar de que estos obstáculos en la emisión de las palabras es probable que se vayan al cabo de un tiempo, es preferible no correr riesgos y ponerse en manos de uno de estos profesionales. En resumen: que los padres no esperen a ver si le desaparecen las disfluencias por sí solas. Conviene ponerse, pues, manos a la obra. De todos modos, existe la posibilidad de que el especialista no vea tartamudeo, sino disfluencias propias de la edad. No obstante, siempre es mejor curarse en salud y descartar. En todo caso, si el profesional hace un diagnóstico desfavorable, no hay que perder tiempo. Dicho esto, hay un par de consejos relevantes a comentar.

 
Así, el primero lleva a decir que el tratamiento debe ser diferente en función de la edad de la criatura y, por tanto, el momento en que ha aparecido; y segundo, que este tratamiento no debe detenerse de golpe, o sea, se tiene que dejar paulatinamente.