Curiosidades

A pesar de las consecuencias negativas que acostumbra a traer la tartamudez, es verdad que hay varios personajes célebres, tanto masculinos como femeninos y mundialmente conocidos, que, como por ejemplo, a pesar de que no exclusivamente por supuesto, actores y actrices de primer nivel, han triunfado y se han hecho un nombre en mayúsculas en su campo profesional, y esta es, sin duda, una de las curiosidades principales en relación a la tartamudez.

 

El rey Jorge VI de Inglaterra es, en este sentido, uno de los más destacados. Su historia, sin ir más lejos, inspiró la aclamada película “El discurso del rey”. Otro británico de prestigio, Winston Churchill, también sufrió la disfluencia. Mucho antes, no obstante, que estas dos personas insignes de la política y la sociedad europeas del siglo XX, hubo otros tartamudos que tuvieron un gran reconocimiento. Así, conviene mencionar el griego Demóstenes, que con el objetivo de curar su tartamudez, en el siglo IV aC., practicaba hablando poniéndose piedrecitas en la boca, el emperador romano Claudio, el escritor Miguel de Cervantes o el más grande naturalista, Charles Darwin.

 

Otras personas muy conocidas que sufrieron la disfluencia y que vale la pena no olvidar son, también, el eminente científico Albert Einstein, la actriz más famosa de la historia, Marilyn Monroe, la también actriz Nicole Kidman, el actor Bruce Willis, el golfista Tiger Woods o un futbolista de primer nivel, el colombiano James Rodríguez, que todavía tiene tartamudeo.

Otra curiosidad ligada a la tartamudez lleva a afirmar que no es extraño que algunos afectados se cambien el nombre. Es así, de hecho, porque se traban en el momento de pronunciarlo. Pero, entonces, con el nuevo nombre, se dan cuenta que, a diferencia de lo que habían creído al tomar la decisión, también los cuesta decirlo. Son casos casi extremos, pero no del todo insólitos.

Ahora bien, esta circunstancia va vinculada directamente a que algunas letras y palabras nos cuestan más de decir que otras. En la práctica, no hay una explicación concluyente a esto, pero es muy habitual que cuando percibimos que la palabra que vamos a expresar nos costará, la cambiamos rápidamente por otra, aunque esta segunda opción sea menos lógica y apropiada e, incluso, pueda causar extrañeza en el interlocutor. Son, en definitiva, pequeños trucos para paliar el trastorno.

Otros trucos que acostumbramos a utilizar las personas disfluentes son el uso de palabras de apoyo en nuestras oraciones, en particular en aquellos días en que estamos más espesos a la hora de expresarnos. Por ejemplo, “pues” o “así” son términos de apoyo que son sencillos de colocar entre las oraciones y que con ellas, entre otras, intentamos disimular nuestro tartamudeo.

Ahora bien, no todos los afecados tienen las mismas palabras de apoyo; cada cual, estrictamente, hace uso de las que le van mejor. Y más trucos que usamos y que son interesantes de recoger ahora. Así, después de unos días o de un día de habla demasiado irregular, al día siguiente por la mañana nos podemos llegar a proponer hablar estrictamente lo indispensable y que todo aquello que queramos decir lo pronunciemos despacio, con lentitud. Entonces, es muy fácil que, así, provoquemos un despegue en la calidad de nuestras frases, cojamos más confianza y que este relax oral y, por lo tanto, de expresarnos más favorablemente, pueda alargarse. Otro pequeño truco que tenemos a nuestro alcance.

Una nueva curiosidad que conviene resaltar es que las personas disfluentes, cuando estamos tranquilas y reposadas, tenemos más posibilidades de hablar rítmicamente. Es así en líneas generales, a pesar de que siempre puede haber matices en función del episodio de tartamudez más agudo o más discreto que estemos atravesando.

Ligado a esta circunstancia, vale la pena anunciar que se ha comprobado que tener sexo antes de hablar en público, para una persona disfémica, aumenta las probabilidades que las oraciones salgan más fluidas ante los oyentes delante de los cuales se quiere quedar bien. Sin embargo, cuando las emociones nos van al máximo, nos suele pasar justamente lo contrario. Es decir: a pesar de que estas emociones intensas puedan ser positivas, nos podemos trabar con más facilidad. Y hay que dar por seguro que, todavía mucho más, y sobre todo si estamos enfadados, si las mencionadas vibraciones son negativas.

Una nueva curiosidad que conviene explicar es que las personas disfluentes podemos soñar, perfectamente, que somos fluidas, cosa que representa, para muchos afectados, un oasis involuntario de calma y bienestar. De este modo, si son numerosos los tartamudos que viven inmersos en la inestabilidad, es verdad que, durmiendo, podemos tener un sueño único y glorioso. Así es: con más o menos regularidad en el tiempo, somos muchos los disfluentes que hemos soñado que nuestra habla no era anómala.

Un 99% de la población, o sea, la inmensa mayoría, no tiene tartamudez. Aún así, es verdad que, en un momento dado, estas personas también pueden tartamudear. Dicho de una manera: es probable, por lo tanto, que este sea un razonamiento que tantas personas no disfémicas han vivido, en alguna ocasión muy puntual, en la propia piel.

 

Expuesta esta circunstancia, se hace patente que una gran parte –sino todas- las personas libres de tartamudez e inmersas en un estado de ansiedad y de fuerte tensión emocional, han podido sufrir –situación totalmente temporal y excepcional- una falta de fluidez, incluso con síntomas vinculados a la tartamudez crónica. De hecho, esto puede suceder particularmente a la hora de hablar en público o de dirigirse a alguna persona importante.

Siendo conveniente subrayar que, estadísticamente, es un problema muy puntual, o sea, que golpea a una parte casi ínfima de la gente, hay que remarcar que el tartamudeo afecta a personas de todos los países del mundo y de todas las lenguas. Por lo tanto, justo es decir que, en Cataluña, somos 75.000 las personas afectadas, informa ATCAT, y en el conjunto del Estado español, unas 567.000, según señala la Fundación Española de la Tartamudez.

Justo es decir, buscando una explicación, que algunas personas hayan pretendido asociar el nacimiento de su tartamudez crónica a la niñez con algún acontecimiento notorio, que una de las convicciones principales, uno de los mitos por excelencia -hoy del todo caduco y obsoleto-, señalaba que una de las razones fundamentales de la tartamudez era el nacimiento de un hermano.

 

En este sentido, es fácil deducir que, según el parecer de las personas que lo habían difundido y que probablemente caló con una cierta seriedad en las familias afectadas, el desorden en el habla surgía a consecuencia de los celos del hermano o hermana mayor, teóricamente destronado, hacia el pequeño, el recién llegado que tendría todas las atenciones. En definitiva: una teoría, por lo tanto, tan anticuada como ridícula.

Es interesante anunciar que no es nada extraño –incluso, es habitual- que la tartamudez se transmita en las familias. Aún así, conviene decir muy alto que no es en absoluto contagiosa.

 

Una de las razones primordiales por la que la disfluencia se mantiene en todas las culturas, en todas las lenguas y en todos los países del mundo es su carácter hereditario innegable. De hecho, está del todo comprobado que, en el supuesto de tener un familiar con el trastorno, todavía más si es directo, hay más posibilidades de que nosotros mismos lo tengamos.

Se ha constatado que, entre los miles de personas afectadas en Cataluña y el resto de España, y los millones a escala mundial y en todos los países, un 80% de la población tocada por la disfemia somos del sexo masculino, y tan sólo, pues, el pequeño porcentaje del 20% son del sexo femenino.

 

En alusión a este dato relevante, y a la vez curioso, hay dos singularidades que hay que exponer. De un lado, que es así tanto en los niños como en los adultos. De otro lado, pero, y aspecto notorio, se desconocen las causas de este predominio tan claro de la disfluencia en niños, chicos y hombres.

Es interesante que nos preguntemos, a estas alturas, a qué edad surgen los síntomas de tartamudeo. Esta no es una cuestión superficial ni de poca importancia.

 

Ciertamente, las dificultades incipientes en el habla suelen iniciarse entre los dos y los cuatro años, a pesar de que hay casos, más esporádicos eso sí, en que ya aparece a los dieciocho meses. Estos primeros síntomas, por lo tanto, se producen en un momento crucial no tan sólo de nuestra niñez sino, todavía más, de nuestra vida. Es decir: en pleno desarrollo del lenguaje, y su brote no va ligado, de entrada, a ningún hecho particular. En una palabra: es una aparición casual.

 

En un plan de conjunto, hay que mencionar que los niños disfluentes no sobrepasan, en forma de tartamudeo, el 10% de sílabas o bloqueos en su habla. Es innegable que esta circunstancia, por sí sola, ya suele generar una desazón bastante considerable en los padres. Además, se tiene que tener en cuenta que, en algunos casos, su aparición es repentina, o sea, que casi sale de la nada.

 

Expuesto esto, hay que advertir que los primeros síntomas de tartamudez en el niño son, por ejemplo, y estos dos primeros son los más habituales, repeticiones de sílabas o palabras, pero también bloqueos y alargamientos de sonidos. Ahora bien, este conjunto de señales de advertencia pueden confundirse con dificultades normales de la edad. Entonces, una pregunta parece incontestable: ¿de qué manera los padres tienen que salir de dudas? Es muy aconsejable, pues, y como primer paso, ponerse en manos de un buen pediatra o logopeda que haga un diagnóstico lo más ajustado posible. De hecho, este instante es altamente relevante. Por una razón tan simple como categórica: cuanto antes los padres intenten buscar una solución, más posibilidades habrá que el tartamudeo se cure; tanto, para hacernos una idea, que en un 80% de los niños desaparece.

Se sabe que las personas disfémicas, en el supuesto que hayan disfrutado de grandes progresos en su trastorno del habla, con un choque emocional corren el riesgo de volver a los orígenes, o sea, de tartamudear como antes. Justamente, es lo que ha sucedido a algunos afectados.

 

Por lo tanto, vale la pena remarcar que, en algunos casos, una de las causas de la disfluencia son los acontecimientos contundentes; es decir, una consecuencia de periodos de gran tensión y estrés o bien de impactos emocionales considerables. En la práctica, a este tipo de tartamudez, que rebrota bruscamente, se la ha bautizado -recordémoslo- con el nombre de psicógena; sin embargo, hay que decir que también puede aparecer en personas que nunca anteriormente hayan tartamudeado.

Con una recurrencia que parece no tener fin, todos sabemos –y es una percepción bastante extendida- que con la llegada de cada Año Nuevo quien más quien menos intenta hacerse buenos propósitos. Dicho y hecho: aquello que cada cual desea o sueña despierto que querría que le pasara de bueno en el transcurso de los próximos 365 días.

 

En este contexto, cuando a un afectado o afectada de tartamudez se le ha instalado y consolidado el trastorno, suele pedir al nuevo año dejar de tartamudear, o como mínimo que la disfemia tenga una intensidad menor.

 

Por otro lado, es bien cierto que los primeros minutos de cada Año Nuevo es inevitable, para una persona con tartamudez, estar pendiente de comprobar cuando se produce el primer bloqueo o primer tartamudeo. Es decir: nos escuchamos, entonces, con una especial atención. Y es que, más temprano que tarde, es del todo probable –por no decir seguro- que la disfemia aparezca. Y es que esta visión del momento inicial del año es tan habitual como reiterada. En una palabra: una muestra de lo más representativa que la tartamudez es uno de los ejes básicos en la existencia del 1% de la población.

Hay toda una serie de actos absolutamente corrientes y rutinarios para prácticamente toda la población que, en el transcurso del tiempo y particularmente en aquellas épocas en que la tartamudez se refuerza, despiertan una inquietud bastante notable.

 

Verdaderamente, en tantas ocasiones hemos sentido pánico en el lapso de tiempo que pasa entre el instante de sentarnos en una cafetería o restaurante y el momento de pedir al camarero. Justamente, articular unas palabras aparentemente sencillas del estilo de un agua, un zumo de naranja o un chocolate caliente se pueden divisar, en el supuesto que aquel día el habla no sea fluida, como una montaña de altura quilométrica, un obstáculo empinado como un acantilado y, sobre todo, una desazón bastante relevante. Y todavía más: incluso, aunque nos apetezca un plato o una consumición en concreto, en el supuesto de que intuyamos que podemos tener dificultades para expresarnos nos decantamos por un plato o consumición que quizás no nos sea tan satisfactorio.

 

Por otro lado, aquí no se acaban nuestras inquietudes a la hora de dirigirnos a personas desconocidas. Así, es bastante común que solicitar en la ventanilla un billete de tren también nos provoque un cierto malestar emocional. No es necesario decir, por supuesto, que las máquinas de venta automática nos han ayudado. En este sentido, nos centramos en relación a cuestiones alrededor de qué palabras utilizaremos, o en qué orden, o qué longitud o simpleza tendrá la frase.

 

En la práctica, apunto todo esto debido a una razón primordial. Porque, precisamente, una de las situaciones líderes y más temidas por nosotros -las personas disfluentes- es que es frecuente que antes de la entrada en escena del camarero o del vendedor de billetes nos preparemos a fondo la frase que soltaremos y que, interiormente, intentamos ensayarla, sin que nadie se dé cuenta, en diversas ocasiones. Es decir: no somos pocos, pues, quienes preparamos estas situaciones tan corrientes con antelación.

Es importante resaltar que las personas disfluentes, cuando estamos tranquilas y reposadas, tenemos más posibilidades de hablar rítmicamente. Esto es así de manera general, a pesar de que siempre puede haber matices en función del episodio de tartamudez más agudo o más discreto que estemos atravesando. Pero, en cualquier caso, la norma es esta.

 

Sin embargo, cuando las emociones nos van al máximo, nos suele pasar justamente lo contrario. Es decir: a pesar de que estas emociones puedan ser positivas, nos podemos trabar con más facilidad. Y hay que dar por seguro que, todavía mucho más, si las mencionadas vibraciones son negativas. Por lo tanto, viviendo unos momentos de éxtasis formidable, podemos perder el control de nuestra habla. Es un hecho transitorio, y muy pronto volvería la calma.

Deleitarse con un paisaje de categoría, de alto nivel y capaz de provocarnos las sensaciones más solemnes es, probablemente, uno de los hechos más especiales y encantadores que tenemos al alcance. Seamos conscientes o no, en nuestro alrededor disfrutamos de una colección de ejemplos verdaderamente esplendorosos.

 

Ciertamente, es aquello que podemos denominar un rincón espiritual; es decir, lugares que nos parecen soberbios y casi inigualables, y lugares, pues, que nos reclaman, que nos emiten unos cantos de sirena irresistibles y que nos permiten afrontar con mejores garantías nuestra existencia. Y no tan sólo esto: también, nuestra disfluencia.

 

Considero que las personas con tartamudeo tenemos que tener, casi obligatoriamente, un rincón espiritual. En cuatro palabras precisas: un espacio que nos transmite unas vibraciones tan excelentes que puede hacernos olvidar el trastorno de comunicación. En la práctica, nuestro paisaje más apreciado e inmaculado nos rejuvenece los sentimientos, nos endulza el día a día y comporta que, cuando lo visitamos, el tartamudeo se pueda volver más anecdótico y testimonial. Y yendo más allá, es muy posible que sus efectos beneficiosos se prolonguen. Del mismo modo, puede ser que pasemos unos días o una época en que la disfluencia apriete más. En este supuesto, una medida dinamizadora altamente aconsejable -un remedio parcial, tendríamos que decir- podría ser disfrutar, de nuevo pero ahora con aires de reflexión positiva, de nuestro rincón espiritual, donde la tartamudez no es nada más que un pensamiento del todo irrelevante.