A ti, que tienes tartamudez

Es muy probable, por no afirmar rotundamente que seguro, que en el caso de que tengas tartamudez te hayas preguntado un montón de veces por qué precisamente te ha tocado a ti tener este trastorno. «¿Por qué a mí? ¿Porque no a otro? ¿Por qué me ha tocado justamente a mi esta maldita lotería? ¿Por qué he tenido tan mala suerte?». Todas estas cuestiones te las debes haber hecho, a menudo, día sí día también. Y francamente, este interrogatorio propio puede ser lógico y coherente dados los numerosos obstáculos que puede comportar la disfluencia.

Debes haber comprobado que en momentos de tensión emocional son varias las personas que has escuchado tartamudear. Ahora bien, en cuanto se relajan, este tartamudeo breve, pasajero y moderado desaparece tal y como había venido. A ti, en cambio, los episodios de tensión te pueden dejar clavado, mudo, incapaz de articular una sola frase. Y cuando ya te tranquilizas, aunque no tan severamente, sigues tartamudeando cuando los demás, en estas circunstancias, ya no lo hacen. Entonces, puedes hacer algunas declaraciones radicales. «¡Qué envidia me da toda esta gente! ¡Qué suerte han tenido en la vida! ¡Míralos que contentos y felices! ¡Yo en cambio, nunca podré ser feliz!». En estas condiciones, como las anteriores mencionadas líneas atrás, te atormentas, te castigas, te haces daño, te destrozas, te rompes.

Con frecuencia, habrás pensado que el origen de todos tus males es el hecho de tartamudear. Tengas la edad que tengas. Contemplas, entonces, la tartamudez como tu bestia negra. Mucho más que, simplemente, tu punto débil. Tartamudear es, para ti, lo peor que hay en el mundo, el infortunio más grandioso. Es bien claro y evidente, en consecuencia, que le tienes, a la disfemia, una rabia enorme, y lo observas como un trastorno que no te permite llevar una cotidianidad sencilla y disfrutable, como el resto de los mortales. Para ti, por tanto, tartamudear es una carga que nunca te abandonará, que te acompañará en todo momento, salgas con los amigos, intentes ligar, hagas una entrevista de trabajo o vayas a comprar el pan. En este sentido, la palabra tartamudo o tartamuda te deshace los ánimos y la autoestima, porque en muchos escenarios de tu día a día tienes dificultades para expresarte.

Puestos estos ejemplos variados que te acabo de anotar, prefieres no hacer nuevos amigos, y con los que tienes no verlos tanto como te gustaría, y deduces que difícilmente tendrás pareja porque nadie te puede querer ni puedes seducir porque te encallas hablando y que la persona que quieres coger de la mano huiría corriendo. Debes saber que estas actitudes, que denotan una debilidad emocional muy relevante, podrían significar que tienes fobia social y que, dicho esto, podrías adentrarte en el suicidio social. En cuatro palabras precisas: te aíslas para no hablar y, entonces, te quedas solo o sola mucho más habitualmente. Esto sería un círculo vicioso del que es complicado escapar.

Ten presente que, llevado por estas adversidades psicológicas tan duras, podrías acabar entrando en una depresión. Y ya lo sabes: las depresiones, cuanto más lejos mejor. Cuando la pena y la tristeza se abaten sobre una persona, tenga tartamudez o no, la negrura más total y absoluta ataca con una fuerza colosal. Quizás, por culpa de la disfemia, has sufrido o sufres un estado de este tipo. Intenta escapar de él. Lucha. Busca ayuda. Busca un profesional. Habla con la familia y los amigos, es decir, con las personas de más confianza. No te encierres en tu oscuridad, en tu océano deprimente, debido al impacto que te produce tener dificultades en el ritmo de las palabras y las oraciones. Puedes salir adelante. Te lo digo de verdad. Y aún más: te lo corroboro por experiencia propia, y por lo que me han contado personas diversas que, también como tú y yo, tropiezan en el momento de hablar. Ganar la batalla a la pena y la tristeza vale la pena. El premio vale la pena. ¡En serio!.

Estés o no estés -y no puedes estar, pero sí puedes sufrir, aunque con menos severidad- en medio de un océano de opresión emocional por culpa de la disfemia, piensa que no eres el único que se encuentra en esta situación de sufrimiento más o menos acusado. Así, se puede decir en voz bien alta que la tartamudez es una de las disfunciones que más sufrimiento comportan a los afectados. En este caso, insistiendo en mis propias vivencias y las de las otras personas disfluentes con quien he conversado e, igualmente, por lo que me he asesorado, tartamudear es una de las principales fuentes de sufrimiento que puede tener una persona. Ha sido así en el pasado, y lo sigue siendo en el presente. Pero no desfallezcas. Estás plenamente a tiempo de amarte más, de entender tu propio tartamudeo y, por tanto, de dar una vuelta más o menos notable en tu situación que crees que es de debilidad en relación a los demás.

No te escondas. No quieras meter en un agujero tu tartamudez y todo lo que le rodea. No hagas como en tantas ocasiones se ha hecho, particularmente ya en tiempos pasados, y algo menos, por fortuna, en la actualidad, de situar tu trastorno oral como un tema absolutamente tabú y del que no se puede hablar. Comprendo, es verdad, que el estigma que a menudo ha acompañado a la disfemia ha ayudado decididamente a que no hayas querido sacar tu tartamudeo en conversación, ni con tu gente más cercana. Piensa, dicho esto, que han sido infinidad las personas afectadas que nunca han hablado con nadie -¡sí, sí, con nadie! – de su problema. Ni con los padres, ni con los demás familiares más cercanos, ni con los mejores amigos, ni con la pareja. Es decir: todo el mundo te ha visto encallarte hablando, pero es posible que te hayas guardado todo para ti. Por lo tanto, insistiendo en lo que te comentaba antes, aquí te tengo que regañar. Ábrete de una vez, si es que aún no lo has hecho. Créeme. Saldrás ganando. Y hazlo con naturalidad, sin avergonzarte, aunque en un principio te puede costar.

Piensa que cada vez son más las personas disfémicas que salen del armario. En la práctica, muchas de estas personas han visto como su vida giraba alrededor del tartamudeo, y como sus pensamientos siempre giraban en torno a él. La tartamudez se lo ha condicionado casi todo. Pero saliendo del armario, y aunque a nadie le siga gustando tartamudear -porque, seamos sinceros, nadie está orgulloso de atascarse-, perderás una buena parte del miedo y de la fobia social. Te verás más capaz de conocer gente nueva, te verás más animado a encontrar pareja, te atreverás a ir a más entrevistas de trabajo y querrás ir a comprar lo que te apetezca. Indiscutiblemente, en este escenario más favorable, ganarás calidad de vida. Y tu salud, no sólo mental sino también la física, se resentirá en positivo. El cambio es posible. El cambio está en tus manos. Te darás toda una lección de vida. Y ofrecerás a la gente de tu entorno toda una historia de superación.

A pasos pausados pero a la vez inexorables, porque el cambio no se da en cuestión de 24 horas, de un día para otro, tu mundo se irá agrandando. Así, aquella funesta sensación de fracasado que has arrastrado durante años, quizá décadas si eres adulto, irá disminuyendo progresivamente. Poco a poco, la tartamudez irá dejando de ser el centro de tu vida, allí por donde pasan todos tus movimientos y pensamientos. ¡Eh!, y también te atreverás a coger el teléfono y hacer y recibir llamadas. Este paso del teléfono, en suma, es bastante importante, porque, como bien has podido comprobar tú mismo o tú misma, un montón de veces lo has visto como un enemigo. Mejor dicho: un enemigo dentro de tu gran enemigo, el tartamudeo. El teléfono como pata, como rama, de las adversidades de la disfluencia.

Te habrás dado cuenta de que tienes ratos, días y épocas más fluidas, mientras que otros períodos o situaciones hacen que te cueste más hablar. Expuesto esto, has percibido, pues, que todo lo que te vaya sucediendo tiene unos efectos directos en la intensidad de tu trastorno oral. Así, sabes muy bien que las buenas noticias levantan el habla, mientras que las épocas de nervios y estrés la hacen empeorar. No te preocupes más de la cuenta. Esto nos pasa a la gran mayoría, y se trata, en esencia, de una de las particularidades comunes que tenemos las personas disfémicas.

No existen las curas milagrosas ni los tratamientos efectivos al 100%. Pero, sin embargo, dispones de diferentes opciones a valorar. Tengo que confirmar que aún no se ha inventado una pastilla mágica que nos elimine el tartamudeo. Al menos, como mínimo, ya es un punto a favor que cada vez más se conozcan las causas del trastorno. ¿Una primera base para la pastillita mágica? El tiempo lo confirmará o lo desmentirá. Ah, y no confíes en aquel o aquellos que te vengan diciendo, si ya eres adulto o adulta, que te curará el tartamudeo. Hay que insistir: las curas milagrosas no existen. Pero las mejoras, sí. Y tanto.

No eres menos inteligente que los demás. Eres tan competente como cualquier otro compañero de trabajo o clase, amigo o familiar. Debes saber que uno de los aspectos clave que han provocado que las personas con tartamudez estuvieran estigmatizadas es que, justamente, uno de los mitos por excelencia alrededor del trastorno decía que éramos poco inteligentes, o sea, que sufríamos un cierto retraso mental. Lo dicho, un mito. No una realidad. Ah, ¿y las burlas?. Quizás se han reído de ti en un instante u otro. En clase, al pedir un producto en una tienda, por teléfono, o de otras maneras. Y es probable que hayas escuchado chistes que, directamente, nos atacaban a los afectados. Y chistes, incluso, por televisión. ¡Infinitamente lamentable! Rompe, de hecho, con todo el que se ría de ti a partir de ahora, si es que te encuentras con alguien así. Porque estás a punto de cambiar tu vida, de tolerar el tartamudeo, que no te haga sufrir con tanta fuerza y ​​de aprender a convivir con él. No es una tarea sencilla, pero lo puedes conseguir. Y rodéate, para hacerlo realidad, de la gente que más quieres. Y si es necesario de un buen profesional también. ¡Que tartamudear no te impida hablar!.