Habla lenta e inteligencia

En un contexto generalizado de una sociedad acelerada, con prisas y correderas, y en el que todo debe ser en el momento e inmediato, es habitual conocer y coincidir con una montaña de gente que se expresa con rapidez. En este sentido, está demostrado que un interlocutor de habla estresada fácilmente nos provoca, a las personas que tenemos tartamudeo, un aumento de la intensidad de la disfluencia.

Más allá de esa circunstancia que parece inapelable, por su indiscutibilidad, también está comprobado que aquellos y aquellas que estamos afectados de tartamudez somos más fluidos con un ritmo pausado en nuestras oraciones. Y por otra parte, igualmente es una evidencia de que, a menudo, necesitamos más tiempo para decir en voz alta lo que pretendemos exponer. En consecuencia, las prisas no son buenas. Y anotado esto, es interesante preguntarnos qué imagen ofrecemos a los demás cuando hacemos uso del habla lenta, que a algunos nos han enseñado con suficiente eficacia.

Afirmado esto, es hora de relacionarlo con un estudio que han realizado investigadores estadounidenses de la Universidad de Michigan, un estudio que en la emisora ​​catalana de radio RAC1 han explicado en el genial programa “Versió RAC1”.

Así, el divulgador científico Dani Arbós, en su espacio en el programa, y ​​en concreto el 8 de noviembre, detalló que se establecieron tres factores para averiguar con cuál de ellos las personas somos más persuasivas cuando hablamos con otra gente. Los tres factores eran las inflexiones en la voz, volumen y velocidad. Y de los tres factores, los investigadores se dieron cuenta de que el rasgo diferencial era la velocidad de la voz, siendo el ideal tres palabras y media por segundo. Y se encontraron con que aquellos que se expresan rápido dan la sensación de ser poco sinceros, y que los que lo hacen lentamente se perciben como poco inteligentes. Es decir, que es conveniente, para agradar a los demás, no correr ni tomárselo con demasiada calma.

Para cerrar el texto, pues, hablar poco a poco no atrapa. Nos hace menos inteligentes de cara a los interlocutores. Y entonces, ¿cómo debemos actuar? ¿Con lentitud y atascándonos sólo moderadamente? ¿O acelerar un poco y trabarnos más?.

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