Problemas de salud y tartamudez

El jueves 20 de octubre, mi padre, una de las personas de máxima referencia y de un cariño sobresaliente en mi vida, estuvo a punto de morir. Sufrió un colapso de salud. Parte del intestino se le reventó provocando una perforación. Por suerte, le cogieron a tiempo, con una operación inmediata, dado que en el momento de la explosión ya estaba en urgencias en uno de los hospitales catalanes de más categoría, Can Ruti. Si hubiera esperado unas horas más a dirigirse a urgencias, ya no estaría. El susto fue intenso y vigoroso.

Tras nueve días ingresado, le dieron el alta hospitalaria el viernes 28 de octubre. Los médicos afirmaron e insistieron en que ha sido un milagro que esté vivo. La familia lo celebramos. Pero el núcleo familiar más íntimo a su alrededor, hemos sufrido diversas afectaciones físicas y psicológicas a causa de la contundencia del episodio.

Así, más allá de lo que les ha sucedido a mi madre y mi hermana, quisiera centrarme en el comportamiento que ha tenido mi tartamudeo. Y claro, ante las adversidades, como suele ocurrir, y digo suele ocurrir porque no siempre es una realidad, se producen incrementos en la intensidad de la disfluencia.

En este contexto, sabemos bien que las sacudidas a las que nos aboca la vida pueden, perfectamente, agravarnos la
tartamudez. Este riesgo potencial es cierto. Naturalmente, la disfemia se me reforzó. Pero atención: no en las jornadas iniciales, sino cuando el padre evolucionaba de forma óptima e inesperada a juicio de los médicos.

Esta circunstancia descrita es, pues, un ejemplo más que añadir en la variabilidad, o sea, en los altibajos, que nos hace el tartamudeo, y que en algunos casos, con ciertos empeoramientos, no encontramos una razón de peso en la causa. Y otras veces, también, no hay una inestabilización en el habla a pesar de los obstáculos. E incluso, no son descartables mejoras pese a algunos eventos dramáticos, manifestándose que la tartamudez es una caja de sorpresas.

Lo importante es que el padre lo tenemos reconduciendo su salud. Y me pregunto: si nos hubiera dejado de repente, y no hubiera podido despedirme de él, ¿el habla previsiblemente se habría derrumbado? Porque la experiencia me lleva a concluir que si podemos decir adiós a un enfermo cercano, sentimos paz y no se nos rompe el habla. Como comprobé en marzo, con Montse, una de mis amigas más notorias, y a quien tantas veces aún recuerdo.

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