¿Hablando a un perro tartamudeamos?

Existen una serie de curiosidades estrechamente ligadas al complejo, a la vez que apasionante, mundo de la tartamudez. Así, una de las curiosidades que más se ha divulgado es que una persona afectada de tartamudez, cuando se dirige en voz alta a un animal doméstico, y en este sentido, especialmente a un perro, la disfluencia no le aparece. Dicho de otra forma: que si hablamos a un perro, somos fluidos.

Este mes de julio, la familia, y en particular mi hermana, puesto que en la práctica era suyo, nos hemos despedido definitivamente de nuestra mascota, Five, un yorkshire que se encontraba a las puertas de cumplir dieciocho años. Five, que tantas veces me hizo reír, con un montón de anécdotas que recordaré y que, y no lo escondo, incluso lo había llegado a valorar como psicólogo, nos ha dejado. Ha muerto de viejo, lisa y llanamente.

Expuesto esto, es inevitable, pues, que vincule al perrito que tanto hemos disfrutado con mi condición de persona disfluente. En consecuencia, y a pesar de lo que he anotado en el primer párrafo, puedo afirmar que con el pequeñito Five, fuera él joven, adulto o ya mayor, yo no era fluido, es decir, el tartamudeo igualmente aparecía. Y no era fluido estuviera solo con él, o con otras personas.

En este orden de cosas, existe un ejemplo notorio que pretendo subrayar. Y es que cuando ladraba abiertamente y se hacía pesado, mi hermana le asomaba cierto grito con un explícito en catalán «prou!» (¡basta!, en español). Pero ay. A mí, pronunciar la p siempre me ha costado. Y le decía “ou!”. Y el animalito lo entendía.

Por otra parte, a los compañeros y compañeras ejemplares de ATCAT, la Associació de la Tartamudesa de Catalunya (Asociación de la Tartamudez de Cataluña), nunca he preguntado, a quién ha tenido o tiene perro, si se atascan. Ya sin Five, en septiembre lo pondré sobre la mesa.

Afirmado todo esto, me queda la duda si soy una excepción, o sea, de los poquísimos que se traban con un animal doméstico, o bien si esa creencia que manifestaba al inicio de este texto es, en suma, un mito. Como tantos otros que acompañan a la disfluencia.

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