Las preocupaciones familiares, ¿causa de inestabilidad oral?

En medio del círculo de personas que más adoramos y amamos, y con las que nos sentimos identificados hasta niveles astronómicos, es una evidencia de que la familia sobresale de una manera a menudo muy incuestionable.

Afirmado esto, parece claro que todo lo que les ocurra a nuestros familiares más cercanos, en especial padres, hermanos e hijos, quien los tenga, nos afectará. En el supuesto de que sean buenas noticias, en consecuencia estaremos gozosos; pero en caso contrario, de adversidades manifiestas, las emociones se alterarán negativamente. Y por tanto, con unas condiciones psicológicas más estresantes, existe un riesgo elevado, en aquellos y aquellas que no disponemos de una fluidez verbal, que la disfluencia aumente de intensidad.

El martes 7 de junio tuve, simultáneamente, dos adversidades familiares. Por un lado, a primera hora de la mañana, a mi padre, que ya es mayor, aunque muestra una cara excelente, le hicieron una intervención quirúrgica, que en principio no debía requerir hospitalización. Pronto le harán una segunda, relacionado con lo mismo. Pero verlo tan blando y vulnerable, durante unas horas, me encogió.

Por otro lado, el día anterior, el lunes, a mi hermana, que estaba iniciando el viaje, hasta ahora, de su vida, es decir, una estancia en el mediático y a menudo glorificado archipiélago de Hawái, sólo aterrizar en el aeropuerto de Honolulu, la capital, le robaron, en un despiste de ella, la mochila que no había facturado en San Francisco. Tenía los dólares, las gafas de sol, la cámara fotográfica recién comprada hacía muy poco y, lo que más obstáculos le ocasionó, el pasaporte. Y ahí empezó el calvario.

En el consulado español en San Francisco, dado que en Honolulu no lo hay, pasaron olímpicamente de ella. Sin pasaporte no podía volver. Pedimos ayuda, las jornadas inmediatamente después, en el ayuntamiento de Badalona, ​​nuestra ciudad, y en el gobierno de Cataluña. Y en el último momento, la embajada en Washington se puso en el caso. El lunes 13 aterrizaba en Barcelona, ​​junto con las demás personas de la expedición. Enfadada, lo denunció en directo en la televisión pública catalana el viernes 10.

Fueron unos días de tensión para nosotros, la familia. La teníamos tan lejos, y no le ayudaban. Y en este sentido, en el transcurso de este breve período, las frases que yo intentaba pronunciar costaban más emerger. El habla se había ido abajo. Y había ratos en los que, directamente, no podía ni hablar. Y eso que teníamos que ir informando a todo el que preguntaba por ella, porque lo esbozamos a los ocho vientos. Así pues, es probable que las preocupaciones familiares, si tocan los más íntimos en este contexto, nos envíen a unas cotas disfémicas superiores a la media por la que normalmente circulamos.

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