Buscando el apoyo de las personas que adoramos

La inmensa mayoría de personas, tengamos o no un habla fluida, disfrutamos de un círculo de gente más o menos amplio, o más o menos limitado, en función de cada uno, que amamos con una predilección especial, y que, incluso, adoramos. De hecho, pueden ser familia, amistades, pareja o alguien que no forme parte, estrictamente, de esos colectivos tan relevantes.

Pero queden integrados en un ámbito u otro de los mencionados, sabemos a ciencia cierta que son un grupo de personas con quienes podemos confiar, a quienes podemos abocar nuestros pensamientos y de quienes, en definitiva, recibiremos su apoyo, si se lo pedimos, en las horas, jornadas o períodos de inestabilidad.

Como he comentado en varias ocasiones en el blog que estáis leyendo, atascarse en las frases orales, es decir, tartamudear, y sobre todo si se hace con fuerte intensidad, no es ninguna broma, por lo que no voy a estar de remarcar que hace falta, a menudo, una fuerza de voluntad considerable. Y es que tener tartamudez cabrea y desconcierta.

Precisamente, en los tiempos más recientes he vivido días en los que la disfluencia ha apretado, y duro. En principio, sin motivo concreto alguno. Ahora bien, he percibido el aliento cálido de distintas personas que tengo muy bien consideradas, como ellas hacia mí.

Por ejemplo, a mi barbero, un chico –o hombre- de mi edad y al que deposito confianza, le reconocí, en la última visita, que tenía mala tarde. No le escondí. Muy poco después, sucedió lo mismo con Ignasi, cliente de cabecera de la tienda de mi hermana y que ya cité esta primavera en una entrada anterior. Ignasi, como Fernando, es ejemplar, y se le puede explicar las preocupaciones, sean relacionadas o no con la disfluencia.

Saltando a la familia, puedo asegurar que cuando las cosas no funcionan raramente finjo con mi hermana. Ella es una persona, para mí, gloriosa, y recíprocamente disfrutamos de una estima colosal. Siempre me echa una mano. ¿Y qué decir de una de sus mejores amigas, Núria?.

En este contexto, ayer mismo me afirmó que la trato muy bien, y que está, en este caso, de lo más contenta. Le he notificado que las personas que son respetuosas y muy amables conmigo, merecen, por tanto, mis cuidados. Y cuando he añorado de manera especial a mi gran amiga Montse, muerta de cáncer en marzo, le he hecho saber. ¿Y qué quiero decir con todo esto? Pues que, si nos apetece, expongamos nuestras emociones, cuando las notemos inestables, y estén vinculadas o no a la tartamudez, a aquellos y aquellas que admiramos, que usamos de refugio, y que disponemos de la garantía que nos harán sentir mejor.

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