¿Dónde están los límites del humor, con la tartamudez?

La gala de los premios cinematográficos Oscars del pasado marzo estuvieron protagonizados, de una manera clara e incuestionable, por el polémico enfrentamiento que acabó con tortazo incluido, entre el conocidísimo actor Will Smith y el humorista que, durante un rato, presentaba el acto.

Como todo el mundo sabe bien, el humorista se rió de la alopecia de la mujer de Smith, quien de un revuelo se levantó del asiento y lo agredió. Las imágenes dieron la vuelta al mundo.

En este contexto, recordé la asociación de mujeres calvas que tenemos en Cataluña, y que, con su constitución, aparecieron antes de la pandemia en distintos medios de comunicación catalanes. Me imagino su enfado. Pero más allá de eso, ¿qué hubiera pasado si el presentador se hubiera mofado de alguien del público con tartamudez? Es bien factible, en este supuesto ficticio, que las personas con tartamudeo nos hubiéramos subido por las paredes. Porque, afirmado todo ello, es necesario formularnos una cuestión relevante. ¿Dónde están los límites del humor cuando quien recibe forma parte de un colectivo que en general sufre?.

Dejando de lado la gala de los Oscars, esta primera quincena de abril, y de ahí la clave de este texto, donde nos preguntamos dónde están los límites del humor, he vivido un episodio de imitación de mi tartamudez. Pero atención: no de burla, sino más bien en cierto tono humorístico.

Teníamos una conversación amena, frente a la tienda de mi hermana, tres adultos. Un hombre que a menudo aparece por allí, un cliente de extrema confianza de la tienda que se llama Ignasi y que es la mejor persona que he conocido en los últimos años y que sabe de la existencia del blog que estáis degustando, y yo mismo. Pues bien, Ignasi me preguntó, como tanta gente hace, el tiempo, en concreto si al día siguiente llovería. Y a pesar de que tenía la respuesta decidida, no la entomé de forma inmediata. Y entonces, con quien hablábamos contestó en menos de un segundo.

En ese escenario, le expuse que había sido más rápido que yo. ¿Y qué respondió? Que me había atascado. Pero esto sucedió en unos minutos en que este hombre, como en otras ocasiones, porque es mucho de la broma, nos hacía reír. Quedé asombrado, intentando reubicarme. Y lo insisto: no fue una burla, aunque me imitó. Fue una broma. Y en unos instantes, tuve que pensar si me enfadaba o no.

Fue impactante. Pero no me enrabié, aunque es un hombre que, a veces, haga unas bromas que no son adecuadas. Ahora bien, un detalle está claro. Y es que fue extraño que no me enfadara, porque desde la muerte a causa de un cáncer, el 3 de marzo, una pérdida que ya detallé aquí en el blog, de una de mis amigas más destacadas, estoy más serio, e incluso ocasionalmente agrio, con pocas ganas de que me molesten.

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