El temor a contagiarse de covid y la incidencia en el habla

Es innegable que la aguda pandemia del coronavirus que nos ha afectado y nos afecta desde los inicios del año 2020, ha provocado sucesivas oleadas de temor, miedo e incluso pánico en la población. Y en medio de estas situaciones adversas que tanto han desmenuzado la mente de muchísimas personas, nos encontramos aquellos y aquellas que no nos expresamos con la fluidez que quisiéramos.

De hecho, el miedo a contagiarse es muy probable que haya provocado una riada de inestabilidad oral en todo un montón de personas disfémicas. Y no sólo el temor a contagiarse a sí mismo, sino, también, el círculo de gente más íntima y querida.

Después de mi hospitalización por neumonía causada por el coronavirus, que es un episodio negro en mi historia reciente y que data de octubre de 2020, todavía reforcé más la vigilancia por no infectarme, alcanzando niveles casi obsesivos. Igualmente, notaba pánico que mis padres y mi hermana se contagiaran y terminaran ingresados. Pero más allá del caos oral del día de mi ingreso, rara vez he percibido un impacto negativo en la disfluencia cuando el miedo por mí y por mis seres más queridos ha apretado con fuerte intensidad. Pero ha ocurrido, de vez en cuando.

Que sepamos mi hermana todavía no se ha infectado. Ahora bien, nuestros padres, en marzo, han vuelto a contagiarse, pese a las tres dosis de la vacuna. Y aunque la ola de ómicron en Cataluña, España y Europa ha perdido mucho empuje, me asusté con el estallido de los síntomas, en las últimas semanas, y los dos positivos respectivos. Quedó en un susto que no me estropeó el habla, ya están de nuevo en plenitud, pero la incertidumbre y la sensibilidad crecieron.

Y con los padres recuperados, me brotó un fuerte resfriado. Pero di negativo, y la repetición al día siguiente, otro negativo. El habla no se me abatió, a pesar de estar algo alarmado. No quisiera por nada del mundo volver a estar hospitalizado por coronavirus. Y en este orden de cosas, es factible que el hecho de que domine la variante ómicron, que en líneas generales no es grave, ha colaborado vivamente a que el habla, por mí y por mis padres, haya resistido.

Sin embargo, en tantas ocasiones me han venido unas sensaciones escalofriantes. Y es que, en la primera ola, en la primavera del 2020, la gente moría sola en los hospitales, sin ningún apoyo familiar o de amigos. Debió de ser dantesco para todo el que perdió a alguien adorado en estas circunstancias extremas. Y prefiero no imaginarme, en este contexto, el elevado número de personas con tartamudez que comprobaron cómo el habla se les derrumbó. Como a ciencia cierta me habría sucedido a mí.

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