La muerte de una persona querida: afectación en la tartamudez

La vida me ha vuelto a dar una potente sacudida. He entomado –y de hecho, estoy entomando- una experiencia nefasta, sobrecogedora, de las que se recuerdan para siempre.

En la última entrada en el blog, en febrero, explicaba que una de mis amigas más destacadas, Montse, se encontraba, probablemente, en la recta final de su existencia. Un cáncer devastador le estaba devorando, y os notificaba el impacto que tuve en las dos visitas que le hice al hospital.

El pasado jueves 3 de marzo, sedada en casa de su hermana, Montse, con 50 años, separada y madre de dos niñas -y la pequeña tantas veces había jugado conmigo- se apagaba como el sol a la hora
baja. Montse nos dejaba a todos aquellos y aquellas que nos sentíamos vinculados a ella.

Lo peor de todo fue el último adiós que le dirigí, en el tanatorio de Badalona, mi ciudad, ​​y ante el ataúd, tapado eso sí, que la alojaba. La emoción, el rato que me mantuve firme a un metro de ella, fue crítica y desbordante. Parecía una pesadilla. Parecía irreal. Y antes de quedarme solo con ella, un chico -o hombre- de mi edad pronunció dos veces consecutivas una frase muy relevante. Afirmó: “Con tanta gente mala que hay en el mundo y no le pasa nada, y ha tenido que morir Montse”. La vida, como sabemos, y podemos dar fe de ello las personas con tartamudez, puede ser cruel e injusta hasta la exageración.

La pérdida de Montse me cuece con mucha intensidad. Incluso, de forma torrencial. Y más después de que su hermana me dijera que «gracias por haber estado tanto por ella», o que su ex-marido constatara que «siempre hablaba muy bien de ti». Y es que la desaparición de Montse es una especie de segunda parte de lo que viví en enero del 2013, con la muerte, con 45 años, de uno de mis mejores amigos a causa de un paro cardiorespiratorio.

El adiós a una de mis amigas más destacadas de los últimos tiempos ha llegado en un período de habla inestable, en medio de un invierno en el que el tartamudeo, habitualmente, se ha mostrado más bien intenso. Por este motivo, y por otros, emocionalmente, en los últimos meses, estaba justito. Pero la pregunta es clara: ¿la disfluencia aprieta más con lo que me acaba de suceder?.

Ciertamente he percibido una mejora. Porque, en sentido estricto, pese al dolor, noto paz, haber hecho bien las cosas, haber estado al lado de mi amiga cuando me ha necesitado desde el inicio, en el 2018, de la sólida amistad nacida como clienta de la tienda de mi hermana.

En consecuencia, aunque las furiosas embestidas que podemos recibir las personas con tartamudez pueden empeorar el habla, este episodio demuestra que no forzosamente debe ser así, siendo un ejemplo remarcable más que el trastorno de comunicación que nos acompaña es un auténtico nido de sorpresas.

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