Una amistad relevante devastada por el cáncer: impacto en la tartamudez

Este invierno, la disfluencia me está haciendo, literalmente, la puñeta. Afirmado esto con franqueza y rotundidad, ya hace numerosas semanas que circulo por un período en el que el tartamudeo es más intenso en relación a mi media.

En especial en lo que llevamos de febrero, he estado a punto, en varias ocasiones, de arrancarme la mascarilla anticoronavirus y aplastarla contra la pared, en el instante en que, efectivamente, la disfemia brotaba con fuerza. De hecho, creo de forma firme que la mascarilla es un obstáculo físico que dificulta la expresión oral. Y es, a ciencia cierta, cuando el tartamudeo se muestra más vigoroso que este obstáculo se agranda. Sin embargo, es probable que haya personas disfémicas que quieran esconder su tartamudez tras este paño cabreador que nos tapa la boca, aunque, por suerte, en Cataluña y en el conjunto de España ya no es, por la calle, obligatorio desde hace unas jornadas.

En medio de esta situación de habla irregular que se está alargando demasiado y que comporta, y no hay otra opción, ir añadiendo dosis suplementarias de voluntad y fortaleza, acabo de pasar un examen que pone a prueba a cualquier persona, sea o no disfluente. Pero en el supuesto de que lo sea, el punto débil, que es el habla, puede ser severamente atacado.

Aquellos y aquellas que vayáis siguiendo el blog, sois conocedores de la enfermedad, un cáncer esparcido por los huesos en definitiva, que está devastando una excepcional amiga mía, Montse, con la que he tenido un vínculo sólido desde el 2018. Así, clienta de máxima confianza de la tienda de mi hermana, últimamente su estado de salud ha empeorado mucho. Ya está ingresada.

Aún intentando, yo, poner las emociones en su sitio, ya que estuve con ella, en la habitación que la aloja, hace sólo 48 horas, y mañana volveré, es una evidencia grandiosa, y en la práctica remarca la idea de que las situaciones desgarradoras son verdaderos exámenes para aquellos y aquellas que no somos fluidos, que los minutos que le hice compañía se me hizo un nudo en la garganta que parecía de un tamaño bestial.

En la práctica, Montse, que está luchando desesperadamente por vivir, no se dio cuenta, debido a su aguda precariedad, que las palabras no me emergían con garantías. Y es que la obstrucción tan notoria que yo me notaba, en las cuerdas vocales, era una clara consecuencia de un cúmulo de imágenes estremecedoras, porque, estrictamente, nunca antes había visto a alguien tan físicamente destrozado por el cáncer.

Con un pie fuera del hospital, me saqué la mascarilla. Luego miré fijamente al cielo, salpicado de nubes bajas. A continuación, respiré hondo. Y en cuarto término, a paso lento, me fuí camino hacia mi piso. Y ya no hablé con nadie más.

En este escenario tan triste, las horas posteriores a la visita hospitalaria las dediqué a mis dos programas de televisión favoritos, que me sosegaron. También, disfruté de una de mis
aficiones, la aviación, mirando vídeos míos del aeropuerto de Barcelona. Pero en sintonía con esta actitud que buscaba reducir el impacto tan reciente, quisiera constatar, en serio, que si una persona con tartamudez transita por un rato muy difícil no ligado, propiamente, a la disfluencia, es importante que, después, procure distraerse con lo que más le guste y como buenamente pueda. Entre otras cosas, sobre todo para evitar el riesgo potencial de un agravamiento de la disfluencia fruto de la adversidad experimentada.

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