¿Cómo reaccionamos los días o épocas de tartamudez más intensa?

Es importante y a la vez hay que remarcarlo profundamente, considerando que se trata de una realidad inapelable, los altibajos que las personas disfémicas tenemos en la intensidad del tartamudeo.

Afirmado esto, parece toda una evidencia de que los ratos, jornadas o períodos de habla más rítmica nos agrandan las emociones y, en consecuencia, nos mostramos más dinámicos y optimistas. Ahora bien, durante los picos y las olas de habla más deshecha existe un riesgo potencial que nos diezme la autoestima. Y en este sentido, hay que formularnos una pregunta notoria: ¿cómo reaccionamos en los episodios de tartamudez más intensa?.

Creo que en una mayoría de casos y ante esta situación adversa, son muchísimos los afectados y afectadas de tartamudez que se cierran, que casi evitan los contactos sociales y que pueden quedar casi mudos.

De hecho, a pesar de ser legítima esta actitud, que se puede entender perfectamente, puedo apuntaros que no es de extrañar que, yo, frente a los episodios de habla más bien devastada, aún hable más, como si quisiera sacar fuerzas de donde sea y añadir unas dosis de voluntad suplementarias a las ya habituales. Sin embargo, también notifico que hablo más, a la vez, en función de los interlocutores, que si son estimables lo favorecen, y de si, en este contexto disfluente, estoy más animado debido a otras circunstancias.

Justo después de las fiestas de Navidad, me inyecté la dosis de refuerzo contra el coronavirus, y la reacción, como tanta gente, fue de fiebre, tanto que me encontré muy mal, pero en esta ocasión de forma breve, y me vino activamente el recuerdo de octubre de 2020, cuando enfermé de neumonía provocada por la covid y requerí hospitalización. El habla, con el recuerdo de la nefasta vivencia, se derrumbó.

En este escenario, tenía visita al otorrino del centro médico donde es enfermera quien ha sido en los últimos años mi máximo amor idealizado. Ella me atendió, al terminar, en recepción e intenté aguantar el chaparrón de habla dañada como buenamente podía. Saliendo de NAME, tenía ganas de llorar.

Pocos días después, llegaba al aeropuerto de Barcelona la expedición catalana al Dakar en un avión que nunca antes lo habíamos tenido aquí. Y claro, en mi condición de filmador de aviones de envergadura fui a pistas. Estuve contento, en el sentido de otro para la colección. Pero ya en Badalona estando, mi ciudad, me topé con dos señores a los que también les gusta el fútbol y con los que tengo cierta relación.

Comentamos el estado precario del Barça, y a pesar de la satisfacción por el estreno en el aeropuerto, me atasqué. Pero tenía charla, porque estaba alegre. Sin embargo, me dije: “¡no hay día que no tartamudee!”. En suma: atascarnos no nos motiva, pero en un contexto ameno y de confianza no nos estropea tanto las emociones.

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