Un catalán universal tiene tartamudez

Nacido en Hospitalet de Llobregat, ciudad que limita con Barcelona, en 1962, dirigió elBulli, en la localidad de Roses, en la costa catalana, restaurante que en los años 2002, 2006, 2007, 2008 y 2009 fue considerado, a juicio de la revista Restaurant Magazine y a partir de la lista The World’s 50 Best Restaurants, como el mejor del mundo. Me refiero al chef catalán Ferran Adrià, que suma múltiples premios y reconocimientos, con unas creaciones gastronómicas, las suyas, innovadoras y revolucionarias y que se hicieron famosas en todas partes.

Durante diez años consecutivos fue valorado como el mejor cocinero del planeta, y desde el cierre del Bulli, en 2011, se ha dedicado a la divulgación, incluso des de la posición tan privilegiada de la Universidad de Harvard, que es la número 1.

Éste es, a modo de resumen muy breve, el tan notable Ferran Adrià, todo un catalán universal, como lo definió, en octubre pasado, la presentadora del programa “Preguntes freqüents” de Televisió de Catalunya.

Ferran Adrià ha despertado una admiración extendida y enorme. Se lo ganó, y muchos le han visto como un auténtico genio. Sin embargo, este catalán universal tiene una particularidad que es importante destacar. Y es que se atasca hablando, no es fluido, tartamudea, en definitiva, como hemos podido comprobar en su alud de apariciones en los medios de comunicación. Y estos detalles tan significativos demuestran, en la práctica, un hombre firme y valiente, pese a un habla no siempre rítmica. Desde aquí, le aplaudo.

Como personaje tan mediático, es innegable que ha tenido varios imitadores, y estos imitadores, claro, actuaban como tartamudos. Y hemos reído con los demás Ferran Adrià, pero con respeto, no en tono de burla. Yo mismo, sin ir más lejos, he soltado numerosas risas con estos otros Ferran Adrià, que lo clavaban, tanto su tartamudeo como sus oraciones fluidas.

El ejemplo de altísima importancia de Ferran Adrià nos enseña, de nuevo, que se puede ser disfluente y, en cambio, ser todo un sabio. Este caso más, en consecuencia, evidencia que tener tartamudez no implica falta de inteligencia, como tanta gente inculta todavía cree. Pero a su vez es una manifestación relevante que, a pesar de la disfemia, con lucha y esfuerzo, y con una voluntad incuestionable, se pueden conseguir objetivos remarcables.

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