La importancia de tener cura de nuestra tartamudez

Todas aquellas personas que estamos afectadas por una habla poco fluida, tendemos, de manera legítima y bastante generalizada, evitar las situaciones en que nuestro trastorno oral puede manifestarse más enérgicamente. En este contexto, a veces se trata de episodios que no tienen una gran significación, pero que, a nosotros, nos podría provocar la aparición brusca y repentina de la disfluencia.

El número de personas tocadas de tartamudez que ven el teléfono como una herramienta angustiosa e intimidante es realmente elevado, a pesar de que ya hace mucho tiempo -a diferencia de épocas pasadas- que, éste, no es mi caso. Ahora bien, si existe el riesgo de un tropiezo más o menos severo, sí lo contemplo con cierta desconfianza.

Afirmadas estas palabras, desde 2018 -cuando aún no veíamos en el horizonte ninguna pandemia que nos azotase- he cambiado de táctica, en una situación concreta, con el teléfono. Y es que, en este sentido, si hasta entonces era atento y educado, aunque esta circunstancia me comportara unas oraciones rotas, con la gente que tantas veces me llamaba por publicidad -una realidad pesada que irrita a muchos-, desde entonces, en una mayoría de casos, cuelgo directamente, es decir, no entablo ninguna conversación.

Así, en este año mencionado sufrí dos pequeños periodos, de varias jornadas de duración, de habla dañada a causa de estas llamadas. Sí, sí, a menudo cuelgo por más que quien haya al otro lado del aparato se sienta frustrado, porque, en este orden de cosas, primero es mantener mi tartamudeo a raya, y luego el bienestar momentáneo de alguien desconocido. Y no os sientáis culpables si actuáis igual. Defender nuestra integridad oral y emocional es prioritario.

Por otra parte, no es de extrañar que por la calle nos asalte -al menos en las ciudades- juventud que busca socios para entidades de diversa índole. Pocos se detienen, interesados. Y de hecho, duele observar que el 95% -y soy generoso- los deja plantados, considerando que, por norma, son voluntarios de entidades sociales y benéficas sin ánimo de lucro. Pero en estas condiciones también, la misma apreciación es válida: primero es mantener nuestro tartamudeo en un plano como más moderado mejor, y en segundo lugar, que estos jóvenes voluntarios se sientan, por unos instantes, desencantados. ¿Y qué pretendo exponer, con ello?.

En el supuesto de que transitamos por un día o una semana de habla poco fluida, no es necesario contestar. Haced un gesto de ir apresurados y que no os interesa lo que os ofrecen, sin articular palabra. Ahora bien, si los veis una juventud sensata, con cara y ojos, y estáis circulando por una etapa verbal más rítmica, podéis excusaros en voz alta. Como mínimo, estos comportamientos son los que tengo yo. Porque, estrictamente, y es importante insistirlo, cuidar nuestro tartamudeo es una tarea razonable e incluso aconsejable.

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