¿Pasar de no tartamudear a hacerlo implica empezar una nueva vida?

La gran mayoría de las personas con dificultades en la fluidez oral comprobamos como los primeros síntomas surgían durante la infancia, en especial entre los tres y cinco años. Ésta, en la práctica, es una norma extendida e incuestionable. Ahora bien, de una manera muy esporádica podemos encontrar afectados y afectadas de tartamudeo desde jóvenes e, incluso, des de adultos.

Expuesto este párrafo inicial, hay una circunstancia que conviene no dejar de lado. Y es la siguiente: puede pasar, también, que tras una temporada prolongada de habla fluida, ésta se deteriore notoriamente. Y en este detalle, a ciencia cierta, me quisiera detener en las líneas que vendrán. De hecho, os comento, en este sentido preciso, mi propia experiencia.

En 2001 me cambió la vida. Y se transformó, por inesperado, por el choque, por el impacto de la novedad. Y es que después de siete años de una bonanza oral mágica y que parecía del todo consolidada e inalterable, en el transcurso del invierno, la primavera y el verano las palabras me dejaron de brotar como lo habían hecho durante mucho tiempo.

De hecho, un período estresante y decepcionante provocó esta vuelta atrás tan fulminante, que puedo definir como el evento más desgraciado y triste que he vivido, el más desalentador de todos, más que, por poner varios ejemplos notables, cumplir ya una década sin publicar ningún libro a pesar de la montaña de intentos; que haga un año que no sé nada de Eva, mi ex-pareja más sobresaliente; que la chica que más me ha entusiasmado los últimos años, Marta, no viniera conmigo y se fuera a vivir fuera; o, aún más y de rabiosa vigencia, la ola gigantesca de preocupación que mi padre, mi madre o mi hermana terminen en la UCI diezmados por la Covid-19.

Desde entonces, he tenido etapas de una expresión más o menos rítmica mezcladas con otras de una oscuridad verbal casi apocalíptica, transitando por numerosos tramos cronológicos intermedios. Y visto todo lo que he probado en estos veinte años clavados, pero sobre todo en la celeridad y vigorosidad con que se produjo esa pérdida de fluidez, las últimas semanas me he estado enviando una pregunta de un alcance relevante.

Televisió de Catalunya -la televisión pública de Cataluña- emite un programa de un interés considerable que lleva el nombre de “Nexes” (Nexos). En este contexto, uno de los programas de marzo de este 2021 llevaba el título de “Començar”(Empezar). Le paré una atención enorme.

Dos de los testigos protagonistas de aquella emisión fueron un chico y una chica que se acercaban a la treintena y que vertieron un discurso sobrecogedor. Él, había quedado en una silla de ruedas debido a una caída en la montaña, y ella, había perdido la visión por culpa de un accidente doméstico. Ambos tuvieron que volver a empezar una nueva vida. Y analizados los dos testigos, en los días y semanas posteriores me planteé una cuestión trascendente. En 2001, ¿tuve que volver a empezar? ¿Inicié una nueva vida?.

Estrictamente, al chico y la chica, la existencia, en unos segundos, se les dio la vuelta. A mí, me lo hizo a lo largo de unos meses. Dicho esto, me aventuro a afirmar bien alto que deben ser muchas las personas tocadas por tartamudeo que hayan notado, después de unos años de bonanza y de un retorno a la falta de ritmo en las oraciones, haber tenido que volver a empezar.

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