Las peores burlas que hemos recibido nos dejan huella

Toda persona con tartamudeo, o al menos una inmensa mayoría, sea adulta, joven e incluso pequeña, ha -hemos- recibido burlas en un número variado de veces y con una intensidad, o virulencia en determinadas ocasiones, más o menos vigorosa.

En este orden de cosas, es inevitable recordar periódicamente los episodios más duros y sobrecogedores, aquellos, en definitiva, que más daño nos han hecho. Y aún más: algunas de estas situaciones adversas, a pesar del paso inexorable de los años y, en consecuencia, de nuestras vidas, nos han dejado huella. En otras palabras: las escenas las podemos rememorar al detalle a pesar de la distancia temporal.

En este sentido, nunca olvidaré el puñetazo que, a los quince años, me dio un impresentable que a menudo se juntaba con el grupo con quien yo salía, cuando le contesté de malas formas el “tartaja” con el que me atacó oralmente. La agresión y el intercambio de palabras desagradables no desapareceran.

Ara bien, quisiera centrarme, sobre todo, en un episodio mucho más reciente, y que, a la postre, ya es la tercera vez que, aquí en el blog que estáis leyendo y en el cual os abro el corazón, menciono.

En octubre del 2019 sufrí las que, entonces, definí como las peores burlas de la década, considerando el periodo comprendido entre 2011 y 2020. Os pongo en antecedentes.

Teniendo en cuenta que el bar donde siempre disfrutaba de mi equipo de fútbol predilecto -el Barça- y de mi ídolo -el incomparable Messi- permanecía cerrado una temporada, veía los partidos por televisión de pago en otro bar. Y a pesar de que en la primera visita la camarera ya tuvo problemas de conducta hacia mí, fue al tercer día que, ante las nuevas dificultades de expresión, la misma camarera y el camarero se partieron de risa, al mismo tiempo, en mis narices. Claro, perdieron el cliente.

Desde entonces, he visto por la calle en numerosas ocasiones el dueño del establecimiento, y con sus intentos de saludo, le giraba la cara. Con el camarero he coincidido una sola vez. No me vio. Y con la camarera, ni eso.

Expuestos estos comentarios, tengo que decir que justo al lado de este bar hay una tienda de productos informáticos que nunca había pisado, y que cae cerca de donde vivo. Normalmente, los compraba en otro lugar, en el centro de la ciudad. Pero mi padre, que es cliente, me aconsejó hace pocas semanas que fuera a comprar a este señor, en el sentido de que le ayudaría económicamente.

Tras pensarlo mucho, me estrené. Me atendió muy bien, pero no he vuelto, aunque he necesitado más herramientas para el ordenador. Y es que no quiero, para nada, estar a pocos metros de donde viví -o sobreviví- aquellos hechos lamentables. Y más cosas: cuando tengo que pasar, por fuerza, por la calle donde se encuentra este bar, lo hago por la otra acera y sin mirar el punto donde se encuentra. Ya lo véis: corre el tiempo y el impacto sigue vivo, y esta es una muestra muy elocuente, en suma, que las peores actuaciones que recibimos debido a nuestra habla diferente nos quedan indiscutiblemente grabadas.

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