Niños, fiestas de Navidad y tartamudez

Este año, debido a la grave situación sanitaria que nos tiene a todos con el corazón encogido y con las emociones diezmadas, las fiestas de Navidad son más atípicas y extrañas que nunca.

A pesar de esta realidad indiscutible, es verdad que, aunque quizás con menos énfasis, no nos estamos de hacer regalos a las personas que más adoramos y amamos, y esta circunstancia ha sido bien patente en el transcurso de muchos de los años que ya hemos vivido, en que hemos celebrado la Navidad y la llegada de los Reyes Magos de Oriente con un intercambio de regalos a veces mayúsculo.

Considerando una experiencia mía del siglo pasado, que a continuación os citaré, puedo deducir que, para una montaña de niños y niñas con tartamudeo, recibir un cúmulo de obsequios puede convertirse en un dolor de cabeza notable. Me explico.

Con el torrente de ilusión que los niños dan la bienvenida a Papá Noel y/o a los Reyes Magos de Oriente, es muy factible que quien más quien menos les pregunte que les han traído. Y es entonces cuando se pueden atascar con intensidad. En consecuencia, pues, comunicarlo a los demás, sobre todo si la lista de regalos ha sido dilatada y generosa, podría provocar las tensiones orales mencionadas, y por tanto devaluar considerablemente sus ánimos y autoestima.

En Cataluña y en el conjunto de España esperamos con ganas, en especial, claro, los niños, los Reyes Magos cada 6 de enero. En este orden de cosas, quisiera detenerme en los hechos del 6 de enero de 1986.

Aquella fecha que está a punto de hacer 35 años, tuve uno de los episodios más dolorosos de mi infancia tartamuda. Así, como que sufría una temporada de habla rota, con la intención de ser previsor salí de casa, donde vivía con mis padres y mi hermana, con un papel y un bolígrafo donde había apuntado que me habían dejado los Reyes Magos de Oriente en mi casa y donde iría añadiendo lo que me encontraría en los otros domicilios familiares que visitaríamos durante la mañana. Y lo hacía para ahorrarme recitar de voz los obsequios, por lo que iba enseñando el papel a todos, en un escenario que me autodefinía de humillante. Y es que, en la práctica, ese episodio ya tan remoto, que casi proviene de épocas prehistóricas, ha quedado literalmente clavado en mi memoria.

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