Trabarse en medio de momentos satisfactorios y enfadarse: una realidad recurrente

Toda persona, sea oralmente fluida o no, necesita de una manera a menudo indispensable, desde el punto de vista emocional, unas dosis vitamínicas para circular con más garantías por este camino tan complejo que es la vida.

En este orden de cosas, requerimos, con certeza, de experiencias y momentos gratificantes que nos endulzan y nos hagan más favorable el camino mencionado. Y lo requerimos para tener una buena salud mental. Ahora bien, aquellos y aquellas que estamos afectados de tartamudeo tenemos bastantes posibilidades de que, debido a la misma tartamudez, los episodios estimulantes se nos vayan a pique. En este sentido, os cuento dos situaciones destacables recientes ligadas a este detalle altamente significativo.

A mitad de septiembre se celebró, en Barcelona, ​​la Setmana del Llibre en Català (Semana del libro en catalán), un evento que, cada año, me considero de visita obligada. Este es, en la práctica, el escaparate por excelencia de libros en catalán. Y para no faltar a la cita, fui, y este año dos veces, la segunda para ver en directo la que se ha convertido des de hace poco tiempo en mi escritora favorita, una chica de la comarca catalana de Osona que roza la treintena y que ha recibido con su última novela una serie de premios relevantes, Irene Solà. Y es que me hacía mucha gracia tenerla a pocos metros, mientras ella firmaba sin freno posible, teniendo en cuenta la hilera de fans que había, su “Canto jo i la muntanya balla” (Canto yo y la montaña baila), hacerle, con discreción, algunas fotos, y en definitiva, contemplarla y admirarla el tiempo que hiciera falta.

Con una sonrisa clara y meridiana, y habiendo cumplido el objetivo, bajé al metro para volver a casa. Así, sólo ubicarme en el andén, una chica con una criatura en cochecito se me acercó de golpe y me preguntó si estaba en la dirección correcta hacia Paseo de Gracia. Como me cogió de imprevisto, y a pesar de que ella no se dio cuenta, fruto de mi mascarilla, tuve algunas dificultades para arrancar. Y me fastidió, o sea, que aquel rostro de satisfacción que delataba haber tenido tan cerca Irene Solà, desapareció y, a pesar de recuperarme después, ya no volvió con plenitud.

Como gran entusiasta de la aviación que me defino, y de hecho mi único vicio es conectarme mil veces en la web que muestra en tiempo real los aviones del mundo, hace dos domingos, estando
pendiente, descubrí un jumbo de carga de una compañía que aún no tenía filmada en mi enorme colección de vídeos, que descendía para aterrizar en Barcelona. En consecuencia, me vestí de golpe, cogí lo indispensable y me fui corriendo hacia el tren para ser a tiempo a la salida del boeing 747.

En la estación, un chico y una chica que iban juntos, me preguntaron, recordando el episodio de la Irene Solà, si estaban en la vía adecuada para ir a Barcelona. Y otra vez, me costó un poco arrancar, pero que la mascarilla disimuló. Y contento y adrenalítico como estaba yo para estrenar ese jumbo, me fastidié de nuevo, y ya sentado en el vagón tenía las emociones moderadamente inestables. Pero se me acabó pasando.

Estos dos, a la postre, son un par de ejemplos bastante elocuentes, que tantas personas afectadas de tartamudeo agrandarían con sus propias vivencias, que demuestran que atascarse en medio de instantes satisfactorios nos puede provocar algunas tormentas interiores.

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