Tartamudez e intranquilidad emocional: a menudo, toda una realidad

Tener tartamudez y estar sometido a un estadio de intranquilidad es una situación desalentadora que muchas personas disfluentes viven, en especial aquellas que acogen peor, desde el punto de vista de la convivencia, el trastorno del habla, o aquellas que lo padecen con una intensidad superior.

En consecuencia, a juicio de un número ingente de afectados y afectadas, la disfemia es una fuente, en muchas ocasiones sin freno posible, como una riada feroz y despiadada, de inestabilidad emocional. Ahora bien, a pesar de que esta es la norma, también es cierto que hay casos en que estas inclemencias psicológicas son menores, pero existentes. Y en este contexto es donde me encuentro, por lo que me apetece comentaros tres episodios muy recientes.

Soy socio del Club Natación Badalona, que es mi ciudad, ​​y desde que abrieron pasado el confinamiento, en recepción piden el nombre y el apellido. Ahora, de hecho, ya me he acostumbrado y ya saben, por reiteración, como me llamo. Pero lo que quisiera resaltar es que las primeras veces, durante julio, que tenía que ir, me inquietaba. Unas veces salía mejor y otras no tan bien, aunque tampoco hubiera sido lógico no disfrutar de las instalaciones diversas que tienen por miedo a una aparición probable del tartamudeo.

Tengo la mala suerte de estar perseguido por las obras, y este septiembre sufro -y digo sufro debido al ruido que ocasionan- las octavas en el bloque donde vivo o en el alrededor más inmediato en el último año y medio. Pues bien, estos días he necesitado unos tapones para los oídos para combatir la molesta contaminación acústica. Y bien los tenía que ir a comprar a la farmacia, y como la letra t es de las que me cuesta más de pronunciar -ya sabemos que, para nosotros, las personas disfluentes, hay letras y palabras más difíciles de decir- aplazé la visita a la farmacia, a pesar de ser la que vamos siempre mi familia y yo, un par de días temiendo una atascada oral. Pero os notifico un ejemplo peor.

Afirmo que peor porque implicaba hacer un favor a mi padre, que, de entrada, decliné para evitar tropezarme. Así, mi padre, que es un hombre muy culto, me dijo que fuera a mi librería de referencia a buscarle un diccionario de latín-catalán. Un poco inquieto, le afirmé que fuera él, así andaría, y más después de haber estado dos meses encerrado, por culpa del confinamiento, la pasada primavera. Es verdad, en todo caso, que lo decía por su salud, aunque no puedo ocultar que, al mismo tiempo, lo hacía para ahorrarme una situación de riesgo de habla precaria.

Y le acabé haciendo el encargo. De todas formas, os cuento este episodio porque fijáos que el temor a atascarse puede ser, a veces, tan notable como para llegar a provocar no ayudar ni hacer favores a las personas más adoradas y queridas.

Estas, en definitiva, son experiencias representativas que he tenido -siendo como soy alguien que tolera bastante su tartamudeo- en este final de verano. Pero pensemos, por tanto, y hay que remarcarlo, en el gran cúmulo de afectados y afectadas que se considera encarcelado por su tartamudez y que ésta le genera una inestabilidad tan fuerte como permanente.

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