He recibido las peores burlas de la década

Reírse de una persona con tartamudez es un acto despiadado que, de manera clara, contundente e indiscutible, merece la máxima repulsa. Pero no sólo mofarse de un afectado o afectada de tartamudeo, sino, a la vez, de cualquier otro rasgo diferencial. ¿Y porqué, justamente hoy, remarco estos comentarios? Por un motivo suficientemente sólido y que me quema tanto que ya no lo puedo ocultar más. Y es que hace pocos días he recibido las peores burlas de la década. Y lo quiero compartir con vosotros.

En la anterior entrada en el blog os comentaba que, a causa de un tropiezo de salud, el propietario del bar donde voy a saborear el Barça y, por tanto, mi admirado Messi, sólo abre a tiempo parcial. En consecuencia, he estado disfrutando de mi equipo favorito y de mi ídolo en el que yo llamaba el bar suplente. Asimismo, os informaba que en este bar suplente ya había tenido mofas de la camarera. Pero el temporal aún estaba por llegar.

Hace dos miércoles, en el partido de Champions, sufrí las risas más severas de los últimos años. Sin embargo, antes, la camarera ya había vuelto a hacer de las suyas. De hecho, entré en el bar suplente algo tocado porque, durante la tarde, una señora, por la calle, me preguntó algo, tuve alguna dificultad y había reído, a mis narices, un par de veces. Con los restos psicológicos de la situación de la tarde, pedí las dos consumiciones a la camarera, con la mencionada falta de respeto de ella. Sin embargo, a la hora de decir que me cobraran me atasqué moderadamente, tampoco nada del otro mundo. La camarera se tronchaba por dentro, y el camarero, a su lado, también.

Me devolvieron el cambio, el camarero le dijo no sé qué a ella cerca de la oreja y ambos estallaron en unas poderosas risas. Yo, ya estaba sentado de nuevo y se seguían petando de risa. Y siguieron. Como es natural, deduje que lo hacían por mi no perfecta actuación oral. En este escenario, estuve a punto de levantarme y marchar. Pero entonces habrían ganado ellos.

Tuve tres días de emociones alteradas y, cuando ya casi me había recuperado, el domingo, en otro contexto y otra gente, volvieron a reírse de mí, aunque menos intensamente. Y recaí. Además, como podéis imaginar, al bar suplente no he vuelto y no volveré. Ahora voy e iré a un tercero, donde hace dos días me trataron bien.

    En definitiva: haber recibido las burlas más severas y catastróficas de la década no es una anécdota cualquiera. Demuestra la falta de sensibilidad de determinados individuos hacia todos aquellos que tenemos alguna diferencia.

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