Se puede ser tartamudo y sabio

En el transcurso del tiempo y la historia, una montaña gigantesca de gente ha pensado que las personas con tartamudeo eran seres intelectualmente muy inferiores a la media. Estos razonamientos persistieron durante el siglo XX, y estos últimos años y en la actualidad aún es ingente la porción de población que asocia tartamudez con poca inteligencia.

     A pesar de esta crudeza, que es, en la práctica, resultado claro de los mitos existentes en torno al tartamudeo, y consecuencia incuestionable del desconocimiento que se ha tenido y se tiene de este trastorno de comunicación, hoy el escenario parece menos odioso y, por tanto, ligeramente más favorable.

La semana pasada disfruté escuchando, en un par de programas de Televisió de Catalunya, dos tartamudos sabios. Tanto el uno como el otro hablaron, en directo, y uno presente en el plató, de la gestión de los bosques y, sobre todo, del importantísimo incendio que ha asolado tres comarcas meridionales de Cataluña. Y sí, se encallaban de manera continua, con paréntesis de fluidez intermitentes. Pero es que, en ocasiones, se trababan aparatosamente.

Martí Boada, geógrafo, naturalista, profesor universitario y toda una referencia en el estudio de los bosques en Cataluña, ha estado varias veces en Televisió de Catalunya, y una vez, hace una década, asistí a una conferencia suya. En efecto, pues: es tartamudo, bastante, hay momentos en que cuesta entenderlo, pero es un sabio. No es un orador de primera, aunque lo que de verdad vale la pena es lo que dice, no cómo lo dice. Por ello, el presentador del programa le despidió con un «gracias por mostrarnos su conocimiento». Y, por ejemplo, otro tartamudo sabio, que lo he descubierto, es Marc Castellnou, experto mundial en incendios forestales y jefe de los GRAF (Grupo de Actuación Forestal), que son los bomberos de élite de Cataluña. Y tampoco exteriorizó, en sus comentarios, unas grandes oraciones.

Constatado todo ello, y en sintonía con la sucesión de frases anteriores, una de las cuestiones que más nos molesta a los adultos -pero también a los jóvenes- tocados de disfemia, es la creencia falsa que ha tenido la sociedad, y que en no pocos casos todavía tiene, observándonos como mentalmente atrasados.

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