¿Una persona con tartamudez necesita sobreprotección?

No cuesta nada ser amable, educado y respetuoso. Estos tres, por ejemplo, son valores universales de la calidad humana de las personas. Por lo tanto, una actitud atenta, agradable y cordial siempre es digna de orgullo y ovación.

    Expuestas estas líneas iniciales, hay que formularnos dos cuestiones fundamentales. ¿Los afectados y afectadas de tartamudez requerimos una empatía superior? Y voy más allá: ¿necesitamos, por otra parte, la sobreprotección de los demás?.

A todo el mundo le gusta que sus interlocutores se muestren empáticos, pero es muy probable que una montaña de buena gente tocada por la disfluencia reclame un trato de favor mayor. Sin embargo, también podemos encontrar muchos casos de afectados y afectadas que quieran recibir una normalidad absoluta, como si no tuvieran disfemia.

En este orden de cosas, apunto todo esto porque el padre de mis primos, o sea, mi tío Josep, me comentó el año pasado que, a veces, no me da suficiente conversación o no me hace preguntas del tema que sea para evitarme una posible aparición del tartamudeo. De este detalle se llama sobreprotección. Y, además, lo anoto por un incidente reciente que ha afectado parte del núcleo duro de mi familia.

Eva, una exdependienta de la tienda de mi hermana y mi madre, a quien considero desde hace años una excelente amiga y diezmada por dos cánceres, se ha quejado de que nosotros la sobreprotejamos, afirmando de que con empatía bastaría. De hecho, este episodio es el que me ha llevado, hoy, a escribir estos párrafos.

Yo no quiero que la gente de mi alrededor o no me vea o me hable con pena. Y es altamente plausible que esta opinión sea extrapolable al conjunto de personas disfémicas. Pero afirmadas estas palabras, me puedo sincerar y constatar que, aunque a menudo con empatía, amor y afecto me basta, también es cierto que los días o las épocas en que el tartamudeo aprieta con más intensidad, sí necesito unas ciertas dosis de protección de los seres más cercanos. Y es que la tartamudez no es una broma inocente, y no nos debe avergonzar reconocer que en los peores momentos vinculados al trastorno no cometemos ningún error si pedimos ayuda a nuestro círculo de máxima confianza.

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