La tartamudez: ¿una telaraña donde es fácil quedar atrapado?

Una de las particularidades más extensas y relevantes en el mundo de las personas con tartamudez es el conflicto interior que, con facilidad, puede afectar a aquellos y aquellas tocados por la disfluencia. En este sentido, puede ser frecuente que nos formulemos varias cuestiones. Por ejemplo: “¿seré capaz de hacer esto o aquello?”; “¿me hundiré si no lo consigo?”; o “¿este objetivo no es posible mientras tenga tartamudeo?”.
       
    Del cierto, una sucesión de pensamientos de este estilo forman parte de la telaraña que nos puede atrapar, porque, a la postre, el trastorno puede actuar en un número ingente de personas como una telaraña de la que es complicado salir.
      
    La disfemia puede hacer añicos propósitos que, en un contexto de habla rítmica, serían más alcanzables. O como mínimo, el trastorno dificulta las probabilidades de éxito. Ahora bien, ¿estos razonamientos son lógicos y coherentes? Legítimos, seguro que sí.

Justamente, hoy trato este tema porque estoy a punto de hacer pública una confesión, que sólo conoce una persona. Así, es sabida mi sensibilidad especial por el sector del libro después de haber publicado nueve en tiempos pasados.

En sintonía con lo anterior, he descartado un proyecto profesional que me he planteado los últimos meses. Pero atención: descartado por una serie de motivos, entre los que está mi tartamudeo, sin olvidar la compleja viabilidad económica, el alquiler del local, el tipo de esclavitud laboral a que somete el comercio y que soy un chico conservador. Pero la tartamudez ha influido. Y es que mi librero de cabecera, Isidre Sala, está a punto de jubilarse. ¡Y tantas veces he soñado despierto este otoño que me traspasaba su librería “El Full”! De todos modos, no le he pedido de querer continuar su negocio, por los motivos antes expuestos, aunque es claro que, falto de tartamudeo, quizá le hubiera pedido el traspaso.

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