La tartamudez puede destrozar la cotidianidad de muchos afectados

Por norma general, toda persona se comunica de manera continuada. La comunicación, y por tanto, con ella hablar, es una actividad absolutamente habitual.
       
   Las personas que se expresan con normalidad, es decir, que son fluidas, que son una amplísima y comprobable mayoría, hablan con otra gente como un hecho del todo rutinario. Ahora bien, en medio de esta realidad innegable, para el ínfimo porcentaje de población tocada por el tartamudeo, esta cotidianidad se puede trasegar con brusquedad.

Considerando que hablar es un acto permanente, y así nos pasamos una gran parte de las jornadas, la tartamudez, pues, puede hacer añicos la calma cotidiana. Las angustias, los miedos, las incertidumbres e incluso el pánico ante algunas situaciones aparentemente corrientes pueden ser frecuentes, en especial en el grupo de afectados y afectadas que no han aprendido a tolerar el trastorno. Para muchos, por tanto, el día a día es un calvario, ya que la comunicación oral es en todo momento indispensable. Sin embargo, para aquellos que sí hemos aprendido a convivir con la disfluencia el impacto es menor, aunque perceptible. En este sentido, os expongo dos vivencias recientes para demostrarlo.
       
   En primer lugar, quisiera comenzar afirmando que el horno tradicional donde cada sábado voy a comprar un pan exquisito, las últimas semanas ha estado cerrado por vacaciones. A pesar de que a pocos metros de donde vivo hay un horno similar, he comprado las barras de pan en el supermercado Condis de cerca de casa, donde venden, claro, un pan mucho menos sano y donde no hay que pedirlo. Lo coges, pagas y te vas, por lo que no hablas en un horno donde no te conocen.

Un segundo ejemplo me lleva a comentar que la semana pasada fuimos a cenar en un restaurante de playa emblemático de Sitges, relativamente cerca de Barcelona, mis padres, mi hermana y la mejor amiga de mi madre. Yo, como bebo bastante agua, le dije a mi madre que me pidiera las dos botellas, alejando así el riesgo de un bloqueo. Pero al final fui capaz de decirlo.
      
   ¿Qué pretendo exponer con todo? Que hay que insistir en que, para alguien con tartamudez, la vida es bastante más complicada y llena de temores, moderados en mi caso por tener una relación con la disfluencia menos tormentosa que en el pasado. Pero aún así, las dos experiencias anotadas evidencian que, a pesar de haber sabido convivir con él, el trastorno es a menudo incómodo. Y para quien aún no lo ha tolerado, dramático.

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