Para mucha gente estresada y acelerada, hablar con una persona con tartamudeo puede ser incómodo e inoportuno

Es innegable, y diariamente lo podemos constatar con un vistazo por poco atento que sea a nuestro alrededor, que nos encontramos de lleno en el siglo de las prisas, del estrés y la poca paciencia. Estos detalles, de una manera conjunta, son, por tanto, tan claros como evidentes e incontestables.

Como he informado y divulgado en ocasiones anteriores, el minúsculo grupo -minúsculo en porcentaje- de población afectada de tartamudez no somos demasiado entusiastas de estas prisas constantes, porque, en suma, también incluyen, para mucha gente, hablar aceleradamente. Y en este sentido, hay que destacarlo de nuevo: las prisas, para nosotros, a la hora de emitir oraciones, es mejor evitarlas.

Hechos estos comentarios iniciales, he llegado a la conclusión de que, en el supuesto de que nos dirijamos o contestemos a un interlocutor apresurado, las personas con tartamudez le seremos, más que otra cosa, una incómoda e inoportuna molestia. Ya lo sabemos: a veces o a menudo, necesitamos un tiempo suplementario para decir lo que queremos decir. En esta dirección, permitidme que os exponga que me pasó en un restaurante dos fines de semana atrás.

Así, disfrutando de una nueva velada con la gente de ATCAT, fuimos a comer cerca del paseo de la Zona Franca de Barcelona. El ambiente, dentro del establecimiento, no era el más apto para un afectado de tartamudeo. Es decir: no sólo porque había un alboroto muy notable, sino y sobre todo porque el señor al que teníamos que pedir los platos corría arriba y abajo, sin freno y mostrando unos niveles de estrés de lo más elevados y hablando con una rapidez absoluta. Y me tocó el turno a mi.

En este escenario, y considerando que sufrí un bloqueo en el momento de decirle uno de los dos platos, me di cuenta con una claridad meridiana que aquel hombre estuvo a un solo milímetro de poner los ojos en blanco. Y es que a juicio de él, le entretuve dos segundos, suficientes como para que se molestara.

Este ejemplo reciente y más bien contundente, en consecuencia, me ha llevado a deducir de una manera aún más descarada que, en efecto, si la persona o personas con las que conversamos, por poco que sea, van a contrarreloj, nuestras palabras arrítmicas les provocarán la sensación de estar malogrando un tiempo precioso de sus vidas tan ajetreadas.

 

 

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