Es habitual que un afectado de tartamudeo pida en un restaurante un plato que no le entusiasme, pero que le sea más fácil de decir al camarero

Una de las particularidades más relevantes en la conducta y la actitud de un afectado o afectada de tartamudeo es la tensión que se suele producir antes de hablar. Este detalle significativo ya lo he comentado en anteriores ocasiones, pero ahora lo quiero profundizar en un aspecto concreto, cuando es la hora de pedir al camarero o camarera aquel plato que, en el restaurante, nos apetece comer.

Así, dando un vistazo atento a la carta es probable que leamos nuestros platos favoritos. Pero aquí es cuando interviene uno de los efectos de la disfluencia, sólo uno de ellos. ¿Cuál? Que puede ser que nos entusiasmen unos platos en particular pero que percibimos el riesgo de que en el instante de comunicarlo al empleado del restaurante nos trabemos. ¿Y qué solemos hacer, pues, entonces? Sacrificar aquella comida que tanto nos atraía y terminar pidiendo un plato que no nos hacía tanto el peso pero que nos es más fácil de pronunciar. Esta realidad es tan irrefutable como sorprendente, pero del todo cierta.

Otra de las conductas frecuentes que solemos hacer en un restaurante es ubicarnos cerca de donde creemos que el camarero se colocará para que le vayamos diciendo, uno por uno, los platos que nos comeremos. De esta manera, teniendo el empleado delante o al lado pensamos que la posibilidad de trabarnos será menor.

Ya lo véis: lo que os estoy contando no es, en principio, ninguna tragedia, pero sí una consecuencia directa e incómoda de no ser fluido en la emisión de las palabras. Y justamente os lo constato hoy porque tengo una cena familiar -en Can Flores, el restaurante más popular de este precioso municipio- en Blanes, el punto inicial, por el sur, de la Costa Brava, indiscutiblemente uno de los paisajes más adorados y queridos de Cataluña y España.

 

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