Hay personas con tartamudez que no les gusta hablar con otros afectados por la disfluencia

          En el transcurso de una comida celebrada por los socios de ATCAT este invierno, comentamos el hecho de que dos socias, concretas y con nombre y apellidos pero que prefiero mantener en el anonimato, no suelen venir a los encuentros verdaderamente enriquecedores y maravillosos que realizamos. Entonces, nuestro presidente, Josep Sansalvador, siempre caracterizado por una calidad humana colosal, afirmó que cree que no se sienten cómodas estando con otras personas disfluentes. En la práctica, esta apreciación bien probablemente acertada es interesante comentarla.

         Por tanto, es muy posible que, en función del grado o no de aceptación que un afectado o afectada de tartamudeo tenga de su propia tartamudez, le gustará más o menos compartir conversaciones con un interlocutor también disfémico. Así, comprobar en directo como el interlocutor tiene dificultades para expresarse puede parecer un espejo donde verse uno mismo y, por tanto, sufrir una degradación en la autoestima y en el estado anímico. Asimismo, nos podemos preguntar: visto por los demás, ¿realmente hablo así? ¿Esta es la percepción que doy? ¿Tanto me tropiezo? Cuestiones que, lisa y llanamente, y haciendo mucho más daño que bien, y que desestabilizan, pueden golpear un montón de personas con tartamudez.

Ciertamente, y a título personal, a mí no me importa -absolutamente nada, e incluso me encanta- dialogar con la entrañable gente de ATCAT, así como cuando lo he hecho con personas vinculadas a la Fundación Española de la Tartamudez a quien he escuchado con suma atención, pero a la vez entiendo perfectamente que haya un cierto porcentaje de población disfluente que no le haga ninguna gracia conversar con un interlocutor también disfluente. Esta, pues, es una realidad que evidencia un ejemplo más a añadir en medio de este océano tan complejo y enrevesado de sensaciones que a menudo acompañan a una persona, joven o adulta, con tartamudez.

 

 

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