¿Cómo puede ser que muriera uno de mis mejores amigos y el habla no se alterase?

          Se llamaba Gerard y tenía 45 años. Soltero y sin hijos, nos dejó el 8 de enero de 2013; por tanto, el domingo hizo cuatro años. Gerard y yo éramos amigos íntimos, de hecho uno de los mejores que tenía, pero con una particularidad especialmente relevante que todavía nos unía más. Era el amigo con el que más quedaba, y con una diferencia clara respecto a los demás.

        Su adiós se produjo en 48 horas. De encontrarse muy mal e ir a urgencias y ya no salir, a abandonar el mundo a causa de una parada cardiorespiratoria. Así de cruel, así de brusco, así de bestia e injusto. Y al día siguiente, después de la misa a la que asistí, sus padres y su hermana, que es quien me había comunicado por teléfono la noticia fatal, lo incineraron.

        Delante de un cataclismo de esta magnitud, era factible que mi habla se derrumbara. Pero sorprendentemente esto no sucedió. Es más: no se produjo ninguna alteración, ni siquiera temporal, en la disfluencia. En la práctica, me seguía expresando dentro de una normalidad, de un estado medio. ¿Por qué? Pensé que el choque era tan tremendo, que de vez irreal como parecía la situación, que probablemente me invadía una negación total de los hechos, y esta quizás era la razón de que el habla, susceptible de sufrir empeoramientos ante eventos negativos, no cayera.

       La pérdida de Gerard ha sido uno de los golpes más duros que he sufrido, y a la vez provocó uno de los tres duelos más potentes de mi vida, que además se solapó con el que ya arrastraba desde hacía cuatro meses cuando Eva y yo cerramos la relación.

      És evidente que Gerard es irrecuperable, pero de Eva tengo en mente de un tiempo para aquí que, a pesar de las dificultades, me gustaría que fuéramos amigos. Y es que la amistad, como Gerard me mostraba, es un pilar fundamental en cualquier persona. Ahora bien, pase lo que pase en esta cuestión, sigo pensando en mi amigo muy a menudo; por la mañana, por la tarde, ya en la cama intentando dormir, de excursión, etc.

        I para terminar, y disculpadme si no sois del Barça, quisiera recordar unas palabras de Pep Guardiola, a raíz de la muerte de Tito Vilanova, también traspasado con 45 años. Afirmó: “una parte de mí no lo superará nunca”. Os lo puedo confirmar con una frase elocuente: incluso cuatro años después, todavía me impacta enormemente contemplar la foto que tengo de Gerard en el comedor del piso donde vivo. Y permitidme que finalice estas frases con un último apunte: estoy convencido de que a mi amigo le habría entusiasmado el blog que en estos momentos estáis leyendo.

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