Las personas con tartamudez intentamos disimular nuestro trastorno delante de interlocutores con quien hace tiempo que no hablamos

       Las personas con las que habitualmente tenemos contacto y charlamos son conscientes, en el supuesto de que tengamos tartamudez, de nuestro trastorno. Simplemente, porque, con más o menos frecuencia, se dan cuenta que, en ocasiones, tenemos ciertas dificultades en la expresión oral.

       Ahora bien, aquellas personas con las que hace tiempo que no hablamos es más probable que, en el momento de conversar, no tengan presente que somos disfluentes. ¿Qué pretendo exponer, con ello? Que en el caso de que dialoguemos con alguien que hace una larga temporada que no lo hacemos, realizamos esfuerzos suplementarios para intentar evitar que el tartamudeo sea visible. Y sobre todo: si se trata de un interlocutor con el que se quiere quedar bien, esta actitud aún se acentúa más.

     Justamente, una vivencia de este tipo es lo que me pasó hace pocos días. Así, entrando en la entidad financiera que visito asiduamente, me di cuenta de la presencia, con su hijo, de un ex profesor mío de la Universidad, un estimable, afectuoso y entrañable Ferran Salvador, sin duda uno de los dos profesores con quien más estrecha relación tuve durante la carrera. No dudé en saludarlo, con la intención de conversar lo más posible. Pero con un objetivo entre ceja y ceja: pretendiendo amortiguar al máximo mi disfluencia. Y me salió bastante bien.

      Por lo tanto, querer invisibilizar el tartamudeo ante una persona con la que hace tiempo o años que no hablamos y, en particular, si creemos que esta persona es bastante importante y nos valora, es, por un lado, una presión sobreañadida, pero, por otro, a la vez un estímulo para intentar exponer nuestras oraciones con una mayor fluidez.

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