Burlarse de una persona con tartamudeo es cruel e inhumano

         Es evidente: burlarse de una persona que tiene dificultades para hablar es cruel, lamentable e inmensamente desafortunado. Quien lo hace, de hecho, comete un error tan grande como una catedral.           

      Ayer, mirando en La Vanguardia, uno de mis periódicos de cabecera, la programación televisiva que ofrecían las cadenas para el tramo horario de noche, comprobé que en el programa de Televisión Española «En la tuya o en la mía» -un espacio que, por cierto, no he mirado nunca- había un invitado que me irrita especialmente:  Arévalo, aquel conocido showman de los años ochenta y noventa.

         Es posible que a algunos de los que me estáis leyendo tampoco os caiga demasiado simpático. Y, pues, ¿que tiene este personaje?. Lo recuerdo, clavado en la memoria, en un montón de ocasiones en televisión durante mi infancia y adolescencia contando chistes centrados en el colectivo de población que no nos expresamos con fluidez. Su falta de respeto hacia todos nosotros era colosal. ¡Y lo bien que lo pasaba él!. ¡Y como reía el público!. Un espectáculo tan dantesco como tristísimo.

        Las personas que me conocen de verdad saben muy bien que no soy rencoroso, que me cuesta enfadarme y que soy muy moderado y dialogante. A pesar de ello, a Arévalo no lo he perdonado. Ni lo perdonaré. Literalmente, ¡me da asco!. A modo de resumen: burlarse de un afectado de tartamudez -y también le recuerdo los horribles chistes sobre personas cojas- o de todo el colectivo en su conjunto, teniendo en cuenta los serios obstáculos que conlleva el trastorno para afrontar numerosos aspectos de la vida, es un hecho digno de la máxima repulsa y altamente condenable.

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