Es inevitable que cada noche de Fin de Año pensemos: ¿en qué momento tartamudearemos por primera vez en el nuevo año?»

         Las personas que no nos expresamos con fluidez tenemos varias cosas en común, considerando ámbitos distintos. Una, sin ir más lejos, es el recibimiento de cada Año Nuevo. Creo, sinceramente, que coincidiendo con cada estreno anual es un hecho habitual, al tiempo comprensible, que el 31 de diciembre pensamos en qué momento nos trabaremos hablando, por primera vez, una vez inaugurado el Año Nuevo. Y, además, ya estando en el 1 de enero que estemos bastante pendientes de en qué instante se producirá el primer colapso oral más o menos significativo.

        Saltando a tiempos pasados, y en concreto en el transcurso de mi época de adolescente, es cuando esta singularidad se manifestaba más claramente. Así, era corriente que tanto mi hermana como yo fuéramos a vivir el tránsito de un año a otro en casa mis abuelos maternos porque nuestros padres marchaban de celebración con otro matrimonio con quien tenían -y aún tienen- un vínculo estrecho.
       Hechas las campanadas, era lógico que continuáramos hablando los cuatro. Entonces, yo me examinava insistentemente. Hasta que la disfluencia se evidenciaba por primera vez en el nuevo año. La sensación de decepción era clara, y me daba cuenta de que, a pesar del cambio de año, el tartamudeo seguía haciendo de las suyas.

       Estrictamente, aprovecho para escribir, hoy, esta entrada por dos motivos fundamentales. Uno, porque hace tan sólo siete días hemos empezado un nuevo año. Y segundo, porque los abuelos maternos de quien os hablaba ya no están. Y no están con un matiz que no quisiera olvidar. Y es que, el abuelo, con 100 años, nos dejó el 3 de enero.

 

 

 

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