Antes se creía que el nacimiento de un hermano provocaba tartamudez

Cabe decir, buscando una explicación, que, algunas personas, hayan hecho por pretender ligar el nacimiento de su tartamudez crónica en la infancia con algún acontecimiento notorio, que una de las convicciones principales, uno de los mitos por excelencia -hoy del todo caduco y obsoleto-, señalaba que una de las razones fundamentales de la tartamudez era el nacimiento de un hermano.

En este sentido, es fácil deducir que, a juicio de las personas que lo habían divulgado y que probablemente caló con cierta seriedad en las familias afectadas, el desorden en el habla surgía a consecuencia de los celos del hermano o hermana mayor, teóricamente destronado, hacia el pequeño, el recién llegado que tendría todas las atenciones. En definitiva: una teoría, por tanto, tan anticuada como ridícula.

Yo mismo, sin ir más lejos, dándome cuenta ya hace un buen número de años que el brote de la disfluencia coincidió con la llegada al mundo de mi hermana, Judit, lo vinculé a este hecho. Y sí, durante mucho tiempo de esta manera lo creí. Y es que, antes, y vale la pena subrayarlo nuevamente, se creía que el nacimiento de un hermano provocaba tartamudez.

En la práctica, os estoy hablando de mi hermanita, más joven que yo, por dos motivos básicos. En primer lugar, porque, naturalmente, es una referencia de primerísima línea y totalmente insustituible para mí. Además, tenemos una relación exquisita, aunque, por supuesto, trabajamos juntos, y esta circunstancia conlleva, de vez en cuando, alguna mar gruesa. Pero los únicos y puntuales choques que tenemos son estrictamente laborales.

Y, en segundo lugar, me hace ilusión hablar de ella porque estos días está disfrutando de un viaje encantador. Concretamente, es en Canadá disfrutando de unas vacaciones majestuosas y de unos paisajes, en las Montañas Rocosas, altamente ovacionables.

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