«Tartamudo»: ¡Qué palabra más fea!

En uno de los encuentros tan espléndidos, dinámicos y altamente enriquecedores que hemos hecho, en los últimos meses, los socios de ATCAT, la Asociación de la Tartamudez de Cataluña, hablamos del significado que tenía, para nosotros, la palabra tartamudo.

Uno de los aspectos que más me llamó la atención fue lo que constató, del todo convencido, un afable compañero de la asociación. Dijo: «la palabra tartamudo, a parte de todo lo malo que me ha llevado serlo, es fea. Es muy fea». El chico sabía perfectamente que pretendía afirmar. Y es verdad: la palabra en sí, no es ni muy bonita ni demasiado atractiva. Es un término que no atrapa ni seduce por ninguna parte. Y yo, personalmente, intento evitarla. Nunca, o casi nunca, me oiréis decirla.

Francamente, apuesto por decir disfluente o persona con tartamudez, no tartamudo. Me parece, incluso, malsonante, descarada y directísima, casi ofensiva. Pero es cierto: soy tartamudo, y no lo escondo. Y en ese encuentro donde nos reunimos varios socios, quien más quien menos estaba de acuerdo en que la expresión es fea como expuso el compañero. La palabra disfluente o persona con tartamudez me parece un poco más amena, menos contundente, más fácil, en definitiva, de pronunciar. De hecho, si tener tartamudez ya no es, propiamente, una experiencia especialmente sublime y entusiasta, por la cantidad de obstáculos, algunos serios, pero otros más moderados, que he tenido y, en su conjunto, hemos tenido una buena parte de los afectados, tener la etiqueta terminológica de «tartamudos», en función del debate, distendido eso sí, que abrimos esa tarde, no es un detalle que haga que tengamos que ponernos a aplaudir con devoción.

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