La tartamudez en los adultos

Todo adulto con tartamudeo ha vivido la cronificación del trastorno. Realmente es así: cuando, ya en la edad adulta, la tartamudez no se ha curado, y siendo conscientes de que muy difícilmente lo hará, se habla del afectado crónico. Pero, ciertamente, ¿nos tenemos que avergonzar? ¿Nos debe doler? ¿Esta circunstancia potencialmente adversa nos debe desinflar la autoestima?

El pasado sábado 23 de mayo hice 42 años. Soy adulto. Eso es innegable. Relacionando cosas, os hablaré de una de las llamadas que recibí: la de la mejor amiga de mi madre. Así, está claro que esta buena mujer conoce mi tartamudez, y la conoce desde hace décadas. Y es probable que ella y mi madre hayan hablado algunas veces. ¿O no, debido al sufrimiento que esto les puede haber comportado?

Puedo aseguraros que no hice, vía telefónica, un discurso para quitarse el sombrero como el de cualquiera de los tres oradores excepcionales de que os hablé días atrás. En más de una ocasión, mis palabras se manifestaron arrítmicas. Entonces, sabiendo, naturalmente, que la mejor amiga de mi madre me escuchaba con atención comprobé que esta buena mujer, que me ha visto crecer y hacerme mayor, percibía mi tartamudez crónica. Y os seré franco: me afectó un poco. Me medio avergoncé. A pesar de estas circunstancias, me tiene un aprecio enorme.

Está claro que no es un motivo para lanzar cohetes el tener tartamudez crónica. Sin la disfluencia, como he dicho en ocasiones anteriores, viviríamos bastante mejor. Y sí, cientos de miles de personas, en el Estado, y unas cuantas decenas de miles, concretamente en Cataluña, somos tartamudos crónicos. ¿Razón para escondernos bajo las piedras? ¡No! Aunque es verdad que, en determinadas condiciones, como la descrita, nos puede hacer más mal que bien.

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