Es paradójico: como puede ser que, si un día hablamos con fluidez, ¿exista la posibilidad de añorar el tartamudeo?

Ya lo decía en el título: es paradójico. Y, entonces, ¿por qué lo es? Porque si tenemos en cuenta que la disfluencia me acompaña desde los cuatro años y me ha influido en numerosos aspectos, e incluso no es ninguna exageración afirmar que, sin ella, mi vida hubiera sido completamente diferente, algo de lo que estoy convencidísimo, ¿cómo puede ser que en el supuesto de que un día mi habla sea espléndida hace que note una curiosa sensación cercana a echarla de menos? Cuesta entenderlo, ¿verdad?

Esto mismo es lo que me pasó el lunes. Y es que hasta el final de la tarde, cerca de las ocho, el ritmo oral de todo lo que expresé en todas las circunstancias y con todas las personas, estuvo caracterizado por una fluidez total. De hecho, ya lo constataba en una entrada anterior en el blog, que data de hace unos meses: esporádicamente puedo estar un día, o casi entero, hablando con la normalidad más absoluta. Episodios, en todo caso, muy puntuales, pero, hay que decirlo, siempre celebrados.

Sin embargo, y de la mano de esta percepción de celebración, y conviene remarcarlo de lleno, surgen estos pensamientos contradictorios y paradójicos citados. Desconozco, además, si esta situación es muy poco corriente o bien está relativamente extendida entre las personas afectadas por el tartamudeo. Me inclino a pensar, sin embargo, en la primera opción.

Podemos decir que esta conducta que puede parecer extraña sería la manera de valorar el tartamudeo como, ciertamente, un rasgo tan característico mío, o nuestro, si lo generalizamos un poco más, que viene dado porque, de todas todas, la tartamudez y yo vamos a todas partes juntos. Así, en el caso de que no aparezca, es como si me faltara una parte notoria de mí. Pero no se trata de un trozo cualquiera: se trata de una parte muy relevante. Sin embargo, es innegable que, falto de un rato, de unas horas o todo un día del trastorno, se vive bastante mejor.

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