¿Cómo puede ser que todavía haya gente que hable de la tartamudez en tono despectivo?

Como es sabido, el pasado domingo por la noche se disputaba el clásico entre el Barça y el Real Madrid. De hecho, como suelo hacer cuando tengo ganas de disfrutar de mi equipo y, sobre todo, de un Messi que me tiene boquiabierto, fui a ver el fútbol en el bar que tengo en la esquina de mi calle. Hasta aquí, todo correcto.

Mientras pasaba un rato magnífico con varios de los compañeros con los que coincido en el bar, en las postrimerías del partido el sonido del televisor comenzó a fallar. No supe si era el aparato o se trataba de problemas del Canal Plus. Así, las palabras de los comentaristas se escuchaban intermitentemente, a ráfagas, a trompicones. Entonces, un cliente del bar -un canalla, me atrevería a añadir- de treinta a cuarenta años exclamó una frase que me dejó helado. Dijo en voz bien alta para que todo el mundo lo escuchara: «¡apaga el tartamudo ese!». Muchacho, te equivocaste. Estuviste muy desafortunado.

No me giré de inmediato para averiguar quién había pronunciado aquella frase desagradable. Lo hice un par de minutos después. Y deduje, enseguida, quién era el responsable de aquellas palabras. Y yo me pregunto: ¿cómo puede ser que todavía haya gente que hable de la tartamudez en tono despectivo? ¿Eran ganas de hacerse el hombre delante de su acompañante? ¿Era un muchacho al que le resbalan los obstáculos que puedan tener los demás? ¿Era una persona sin mucha cultura? ¿O, simplemente, un mal educado? Pues no, chico, a pesar de que nos quieras hacer callar, no lo haremos.

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