El teléfono no quema

La palabra enemigo es rabiosa y descarada. Es una palabra que no despierta indiferencia, y es fuertemente malsonante. Cuando pensamos en un enemigo nos viene a la cabeza, quizá, alguna persona. Pero no sólo eso. También hay enemigos que no son personas; de estos podemos tener, y en este sentido un buen número de personas disfémicas comparten uno, el teléfono.

Cientos de veces -tal vez, incluso, miles, tal como ha sido el pan de muchos días- he contemplado el teléfono como un verdadero enemigo. Aún más: un aparato que temer de verdad, altamente inquietante, que conlleva angustias tan marcadas que en ocasiones se evidencian como indisimulables.

Puedo corroborar que no ha sido, pues, un caso único y excepcional entre el colectivo de personas con signos de tartamudez. Particularmente, hay que decir que la desconfianza a lo desconocido, o sea, a la incertidumbre de, en muchas ocasiones, no saber quién habrá al otro lado del teléfono y el recelo al desarrollo del habla, sobre todo al arrancar, durante la probable conversación han sido motivos de estrés.

No es ninguna exageración, en consecuencia, y afirmado esto, que, demasiadas veces, he percibido el teléfono como un utensilio intimidante durante las épocas o los días en que el nivel del habla ha sido más flojo. En este sentido, os pongo un ejemplo. Y es que, cuando tengo que hacer una llamada, a menudo prefiero estar solo, por más que haya alrededor personas de confianza. Sin embargo, esta circunstancia hoy en día está, aunque no siempre, aún vigente, a pesar de que otras actitudes más negativas, como por ejemplo no ponerme al teléfono mientras suene o sentir casi pánico a hacer una llamada, ya han quedado afortunadamente superadas. Ahora bien, me aventuraría a afirmar que cualquiera de las tres plasman un comportamiento nada ajeno al mundo de la tartamudez. Por tanto, una de las vivencias habituales donde el adulto disfluente se siente más vulnerable es con el teléfono.

Sin embargo, me gustaría transmitir a toda costa que el teléfono no es ningún enemigo. En una palabra: el teléfono, no quema. Y, a la postre, no quema porque, a pesar de que a veces nuestra habla sea arrítmica, debemos perder el miedo, en el supuesto de que lo tengamos. Por experiencia propia, considero que lo más adecuado es respirar con calma y comodidad antes de coger una llamada y previamente a hacerla; es decir, que la inquietud no se nos coma. Además, es conveniente tomar una posición bien recta de la espalda y el tronco, estemos sentados o de pie, que facilitaría esta mejor respiración. Y por último, no debe ser ningún deshonor anticiparnos; o lo que es lo mismo: si es necesario, preparar con unos instantes de antelación lo que queremos comunicar. En suma: pequeños trucos que pueden colaborar a que el teléfono deje de quemar.

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