Por ser disfluentes, ¿la gente que nos conoce nos aprecia y nos quiere más?

En un encuentro del mes de enero, un socio destacado de ATCAT, la Asociación de la Tartamudez de Cataluña, pero también miembro de la Fundación Española de la Tartamudez, vertió en la conversación, convencidísimo, una frase de una contundencia absoluta. Exclamó que “ser tartamudo es una experiencia unipersonal impresionante”. Este razonamiento me dejó estupefacto y, sin ir más lejos, no lo he podido borrar.

Es del todo seguro que tener disfemia es una experiencia peculiar, diferente a muchas otras, pero, a la vez, hay que recordar la última entrada en el blog, donde os explicaba la percepción positiva o negativa que tenemos las personas disfluentes de nuestro trastorno.

Debo manifestar que ser disfluente es una vivencia de una importancia, a menudo, más que considerable, de un valor emocional altísimo. Dicho esto, considero que, en principio, ninguno de los afectados está orgulloso de tartamudear, y que ninguna de las personas con el trastorno saca pecho hinchándose la autoestima y disfrutando de unas vibraciones excelentes porque se embarulla expresándose. Pero un dato pretendo resaltar, y que quisiera enlazar, intentándolo entender, y en cierto modo defender, el comentario tan elocuente con el que iniciaba este texto.

Así, los últimos cuatro años, en varias ocasiones y siempre durante tandas de días de habla benévola y controlada o después de conversar sobre el tema con alguna persona de referencia de mi entorno, lejos de renegar por los descosidos, me he sentido un chico un poco especial, con una originalidad que, he llegado a conjeturar, en vez de provocar pena o desánimo, puede hacer que algunas personas -no todas- me observen, incluso, con más afecto, más aprecio o más estima.

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