¿Nuestros hijos tartamudearán?

Es posible que haya algunos padres que se pregunten -y se puedan llegar a poner nerviosos- si sus hijos, estén por venir o ya hayan nacido, sufrirán tartamudeo, y particularmente si éste se convertirá en crónico. En consecuencia, creemos que hay ciertos detalles de interés que hay que comentar.

Así, en el supuesto que prestemos atención a los riesgos primordiales que pueden llevar a que el problema se vuelva crónico, es conveniente poner énfasis en varios aspectos concretos. Los que expongo a continuación son, en esencia, los factores fundamentales que pueden conducir a que la tartamudez brote.

Por ejemplo, ser niño o niña ya es, por sí mismo, un motivo suficientemente sólido a la hora de pensar si la criatura tendrá tartamudez o no. A la postre, está del todo comprobado que por cada cuatro niños tartamudos -o adultos, incluso- hay tan sólo una niña -o una adulta- que tengan este trastorno de comunicación verbal. Dicho de otro modo: un 75% de los afectados son -somos- del sexo masculino. En segundo lugar, no hay que pasar por alto una circunstancia que tantas veces es determinante: tener o no tener antecedentes de familiares con tartamudez crónica. Dicho y hecho: considerando que se ha constatado plenamente que la disfemia tiene un carácter hereditario, cabe decir que en el supuesto de que el padre sea tartamudo o haya en el círculo familiar cercano alguna persona que sufra, el niño -o la niña, en muchos menos casos- tiene muchas más posibilidades no sólo de sufrir tartamudeo sino, más aún, de cronificarse. En este orden de cosas, hay que notificar que, en el supuesto de que el adulto acabe teniendo descendencia, los hijos tendrán un 25% de posibilidades de tener el trastorno. Y en todo esto, hay un dato suficientemente elocuente. Y es que es bien notorio que, si pasados ​​catorce meses desde su aparición no se ha corregido la anomalía, ya será bastante difícil que se pueda conseguir.

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