Puede pasar muy de vez en cuando: un día entero hablando con una fluidez total

Anoche, llevado por el entusiasmo, levanté el puño en señal de victoria. Creo que el hecho estaba del todo justificado: todo un día expresándome a la perfección, sin embarullarme, ni siquiera sin encontrarme al límite de un bloqueo.

Realmente, lo que os estoy contando lo valoro como un acontecimiento. Con razón: si no estoy equivocado, desde marzo de 2013, no sucedía. Es decir: se trata de un episodio muy esporádico, que sólo se da muy de vez en cuando. Debido a este motivo, hay que ser consciente del placer y la satisfacción que, cuando se produce, siento.

En el momento de escribir estas líneas, a primera hora de la tarde, continúo, tal y como yo lo llamo algunas veces, imbatido, con la portería a cero. Está a punto de hacer 48 horas, casi dos días, que la tartamudez no se presenta. A pesar de estas realidades tan benévolas, originadas por un factor externo favorable -y expuesto esto pretendo recordar una entrada de semanas atrás en la que destacaba la importancia de lo que yo he bautizado como factores externos positivos o negativos que hacen oscilar el ritmo de mis frases-, tengo claro que es cuestión de tiempo que la tartamudez regrese. ¿Será esta tarde? ¿Será mañana por la mañana?

Las personas disfluentes formamos un tándem indisociable -como también lo mencionaba en un post anterior- con el trastorno del habla que nos acompaña. Así, si bien, llevados por unas dosis de paz y bienestar emocional, el ritmo de nuestras oraciones aumenta, la disfluencia siempre acaba por reaparecer. De momento, si nos llegan unas horas sorprendentemente fluidas, saboreemoslo. Alcemos el puño tantas veces como haga falta. Cerremos los ojos y respiremos hondo las veces que necesitemos. Y sonriamos todo lo que el corazón nos pida. O lo que es lo mismo: pequeños o no tan pequeños triunfos en nuestra lucha con la tartamudez.

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