Cuando hablemos, no bajéis la mirada por favor

La tartamudez, en un plano de conjunto, ¿es incómoda para la sociedad? Expuesta esta pregunta nada superficial, es hora de comentar que el amplio grupo de población no afectada de disfemia -recordemos, de una entrada anterior, un 98% – debería tener presente que en el momento de comunicarse verbalmente con una persona disfluente -y aunque esta se exprese con una precariedad perturbadora- es del todo desacertado quitarle la vista de encima. Por lo tanto, cuando los disfluentes nos damos cuenta de que el interlocutor nos pierde el contacto ocular, es fácil que broten algunos pensamientos nocivos como, por ejemplo, que el habla es altamente desagrable.

De hecho, aprovecho para escribir este post porque esta mañana he tenido una grata sorpresa que he valorado mucho. Así, en un encuentro casual por la calle con Ana María, una atenta amiga mía, cariñosa y cordial, me he dado cuenta de que, a pesar de mi habla enrevesada, ha mantenido, de manera permanente, el contacto ocular. De hecho, como siempre hace.

Tengo que decir que me ha parecido extraño evidenciar unas señales marcadas de tartamudez, considerando que los últimos diez días las palabras me han fluido bastante bien. Sin embargo, Ana María ha vuelto a dar una lección de humanidad; simplemente, porque me seguía mirando a los ojos. Fijaros que es sencillo conversar con una persona disfluente: sólo es necesario no dejar de lado el contacto ocular.

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