El propósito de cada Año Nuevo

Con una recurrencia que parece no tener fin, todos sabemos -y lisa y llanamente, es una percepción bastante extendida- que con la llegada de cada Año Nuevo quien más quien menos intenta hacerse buenos propósitos. Dicho y hecho: lo que cada uno desea o sueña despierto que quisiera que le pasara de bueno en el transcurso de los próximos 365 días.

Tengo que sincerarme y afirmar que, desde que me di cuenta de que la tartamudez se había instalado en mi vida y durante los años de adolescencia, juventud y hasta hace un cierto tiempo, siempre -¡pero siempre! – pedía al nuevo año dejar de tartamudear. Sin embargo, y teniendo totalmente asumido que la disfluencia se había convertido en crónica y que me acompañaría de por vida, en los últimos años ya no me he puesto este buen propósito. Soy plenamente consciente, pues, que mi tartamudeo no tiene cura.

Así, durante un montón de años, aunque los últimos ya lo hago más ambiguamente por el motivo acabado de apuntar, es bien cierto que los primeros minutos de cada Año Nuevo, estuviera donde estuviera y estuviera con quien estuviera, era un hecho inevitable quedar pendiente de comprobar cuando se producía el primer bloqueo o primer tartamudeo. Es decir: me escuchaba, entonces, con una especial atención. Y es que, más temprano que tarde, era del todo probable -por no decir seguro- que la disfemia apareciera. Esta visión del momento inicial del año fue tan habitual como reiterada. En una palabra: una muestra de lo más representativa que la tartamudez ha sido uno de los ejes básicos de mi existencia. Cierto: la tartamudez y yo hemos formado y formamos un tándem indisociable.

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