Huelga de hablar

Durante la adolescencia, muy enfadado por mi habla disfluente, varias veces hice huelga de hablar. Es decir: no abría boca durante un buen rato aunque tuviera la necesidad.

Consecuencia de la derrota psicológica que me provocaba el trastorno, recuerdo sobre todo un episodio en particular. Así, un domingo por la mañana que habíamos quedado, el grupo de amigos, incluido David, de quién os explicaba sumariamente sobre él mismo y sus criaturas entrañables semanas atrás, me quedé mudo hasta el final del encuentro. A mis compañeros, les hice entender que, ese día, no tenía ganas de hablar.

Es probable que, alguno de ellos, en especial David, dedujera que se trataba de una señal muy clara de protesta hacia una disfluencia que me estaba arrebatando aspectos positivos de la adolescencia. En todo caso, esta actitud -quedarme mudo- no la he utilizado más después de aquellos años. Eso sí: lo que os contaba hace poco -un truco para hacer el habla más fluida- no lo considero una variante. Simplemente, porque no es una muestra de enfado como en el caso ahora descrito y similares de aquel entonces; más bien, es una forma de intentar levantar el nivel de ritmo de las frases.

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