Bromeando sobre el propio tartamudeo

Es bastante probable que penséis que es imposible hacer broma del tartamudeo debido a los obstáculos psicológicos y emocionales -en ocasiones duros, en ocasiones más moderados- que puede comportar. Dicen -mi padre el primero, y este comentario lo rememoro con cierta frecuencia- que va bien reírse de uno mismo, que, en cierto modo, es saludable. ¿Es verdad ? Yo, más bien no lo llamaría reírnos; desde mi punto de vista, pues, tal vez sería más ajustado afirmar que con esta actitud se quita hierro, se desdramatiza y se intenta ver el vaso medio lleno y no medio vacío.

Puedo aseguraros que, en numerosas ocasiones -más bien docenas-, he conseguido bromear de mi propio tartamudeo. ¡Y no es ninguna mentira! Os pondré un par de ejemplos, en este sentido, bastante evidentes. Seis años atrás, mi madre celebró con una fiesta extraordinaria los 60 años. Fruto de aquella gozosa celebración, le escribí un texto a modo de homenaje con el propósito de que mi hermana lo leyera ante la cuantiosa multitud de invitados. Fue una lectura dulce y satisfactoria. Durante el tiempo posterior, le comuniqué varias veces a Judit, en medio de una sonrisa claramente perceptible, que “si lo hubiera leído yo, ahora todavía estaríamos en el restaurante”. En todas las ocasiones, ha reído. Segundo ejemplo: de manera relativamente recurrente, mi madre se embarulla hablando. ¿Y qué le digo, entonces? “Habla bien, mujer; ¿me estás imitando o qué?”. Su reacción a mis palabras informales es muy favorable. Dicho y hecho: creo que este tipo de bromas inofensivas son positivas.

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