Unas teorías curiosas

Se ha comprobado que la tartamudez, perfectamente identificable para cualquier oyente y que se presenta con mayor o menor severidad y con altibajos en el transcurso de la vida del afectado crónico y que puede agravarse en situaciones de tensión, ha existido siempre, tal vez incluso desde que el hombre empezó a hablar. En este sentido, una de las evidencias por excelencia que llevan a pensar que, en efecto, ha existido desde tiempos remotos es que los egipcios, en sus jeroglíficos, ya representaban a personas con síntomas de tartamudeo.

Ahora bien, buscando cuál es la causa -o las causas- que lo provocan, cabe decir que han sido muy numerosas las teorías -casi bien una tras otra- que se han dado en el transcurso de la historia.

Expuesto esto, algunas hipótesis curiosas y originales y divulgadas en épocas pasadas, y de esta manera se creía en el siglo XIV en una de las explicaciones más lejanas de las que se tiene constancia, nos conducen a anunciar que la razón básica era la humedad que rodea la lengua. Haciendo un salto cronológico notable y pasando al siglo XIX, se culpaba a la falta de voluntad para hablar. Incluso, otra teoría que a estas alturas también parece estrambótica, como las dos anteriores, responsabilizaba una posible desviación de la lengua.

A pesar de estas tres razones bastante destacadas pese a su alta originalidad, y que acompañaban a otras que se valoraron y todas juntas se han constatado como del todo equivocadas, es cierto que no fue hasta a partir de mediados del siglo XX cuando las investigaciones comenzaron a concluir unas causas más favorables, precisas y, particularmente, bastante más ajustadas a la realidad, como las que la semana pasada os quise contar.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.