Una visión menos pesimista de la tartamudez

Puede parecer, aparentemente, extraño y paradójico, pero de la tartamudez podemos sacar una visión optimista.

De entrada, hay que anunciar que existen varias asociaciones, entre las que cabe destacar dos, que permiten conocer otras personas afectadas por la disfluencia y compartir con ellas, con una sensibilidad enorme, un montón de vivencias que pueden llegar a ser altamente enriquecedoras. Por ejemplo, en el marco de Cataluña, tenemos ATCAT, la Asociación de la Tartamudez de Cataluña. Y, sobre todo, en un escenario más global, a nivel estatal, está la Fundación Española de la Tartamudez. Tanto la una como la otra son perfectamente válidas y plenamente competentes.

Otra visión optimista de la tartamudez es que existe la posibilidad, poniendo la disfluencia en la conversación, que se refuerce el vínculo con nuestras amistades. De hecho, en el caso de tener tartamudeo, vale la pena y es del todo conveniente hablar con los amigos y las amigas. Lo más probable, si realmente son personas que, humanamente, valen la pena, es que encontremos su apoyo, no indeferencia o incomodidad. Es necesario que nos abramos, y este detalle no es cualquier cosa.

Es imprescindible manifestar que, sobre todo, la tartamudez no es un tema tabú. Y yendo más allá: se puede decir que hay bastantes números que, por ser disfémicos, no sólo nuestra gente cercana, sino la que no lo es tanto, nos puede apreciar o querer más, en vez de sentir lástima por nosotros. El tartamudeo puede favorecer, pues, que varias personas nos vean más únicas de lo que ya somos, y éste sea un punto a nuestro favor.

Conviene apuntar, también, que, de verdad, disfluentes y no disfluentes debemos intentar hacer el esfuerzo, juntos, que unidos hacemos la fuerza, de hablar de nuestra disfluencia o de la de alguna persona cercana con el máximo de naturalidad posible. Por lo tanto, exteriorizar el trastorno sin dramatismos y alejándolo de una visión particularmente pesimista y asfixiante, como suele ser habitual, es evidente que haremos nuestra aportación con el objetivo de relativizar, que se puede, qué significa ser disfluente.

En otro orden de cosas, cabe la posibilidad de que escuchando ciertas personas fluidas podamos sentir admiración, y no rabia o indignación, o al menos una envidia poco sana. A ciencia cierta, hay gente, sobre todo en la radio o la televisión, o en la política, que se expresan de una manera magnífica. Los podemos tener muy bien considerados, y no alejarlos. Porque, aunque la disfunción en el habla puede ser definida como un obstáculo para un desarrollo más fácil y adecuado en la vida de los afectados, hay que resaltar que, en la práctica, simplemente hablamos diferente, no mal, o sea, de una manera singular, y este, sin duda, es un matiz notorio y relevante.

Por otra parte, es hora de apuntar que la creatividad puede convertirse en una terapia gigantesca de cara a afrontar el tartamudeo. A ciencia cierta, disfrutar del apoyo de la creatividad artística, sea escribiendo, pintando o componiendo canciones, con la intención clara y lógica de mantener un día a día más óptimo y halagüeño, es un arma profundamente poderosa contra el tartamudeo, y las personas disfémicas, sin ir más lejos, somos uno de los colectivos que más lo debería tener presente.

Otro aspecto que hay que evidenciar de la vertiente optimista de la tartamudez es que es posible hacer broma, por más que este detalle pueda parecer, para algunos afectados de tartamudeo considerable, toda una anomalía y prácticamente un insulto. Es decir: muchas personas pueden tener la sensación de que bromear del tartamudeo es imposible debido a los obstáculos psicológicos y emocionales que suele conllevar, pero reírse de uno mismo puede ser saludable. O más bien: no reírse exactamente, sino tal vez sería más ajustado a la realidad que con esta actitud se intente quitar hierro, desdramatizar y ver el vaso medio lleno y no medio vacío.

Es corriente, entre muchos afectados, el hecho de revelarse contra su problemática comunicativa. Sobre todo en relación a aquellas personas que han vivido episodios fuertemente desalentadores e, incluso, traumáticos, es factible que se hagan, en sí mismos, una pregunta clara y contundente. O sea: “¿por qué a mí?”. Son un buen número, estrictamente, las personas disfluentes que nos lo hemos preguntado en un momento de acusada debilidad. En cualquier caso, la clave es la siguiente: revelarse o no revelarse. Si nos revelamos, este desgaste es inútil y nos castiga más.

Definitivamente, lo que es necesario es una robusta voluntad de salir adelante y sacar provecho del positivo empuje exterior, y menos aún pretender lanzar las culpas de la disfemia a alguien en concreto. Es evidente, en consecuencia, que martirizarnos es completamente nocivo. Lo más conveniente, pues, es no caer en la trampa y no tener envidia de los fluidos, y pese a que el tartamudeo es uno de los trastornos más visibles que existen, también es verdad que no sufrimos ninguna enfermedad irreversible que nos tenga que arrancar la vida.

Considero que las personas con tartamudeo debemos tener, por fuerza, uno o varios rincones espirituales y que, pudiendo ir ligados o no a nuestras aficiones y pasiones, debemos intentar disfrutar, más que la mayoría de personas fluidas, de estos y de éstas.

Hay que ver los rincones espirituales como lugares que nos parecen soberbios y casi inigualables, lugares, por tanto, que nos reclaman, que nos emiten unos cantos de sirena insoslayables y que nos permiten afrontar con mejores garantías nuestra existencia en conjunto y nuestra disfluencia en particular. En cuatro palabras precisas: espacios que hay que remarcarlo, vinculados o no a nuestras aficiones y pasiones, nos transmiten unas vibraciones tan excelentes que pueden hacernos olvidar el trastorno de comunicación que nos acompaña.

Por último, es necesario remarcar que todos los adultos que tartamudeamos tenemos tartamudez crónica, y esta difícilmente se cura. Resumiendo: los adultos que hoy tartamudeamos, es de lo más probable -por no decir seguro- que siempre lo haremos. La disfluencia nos acompañará, muy posiblemente, hasta el final.

Sin embargo, hay que intentar no desanimarse. Y está claro que sería preferible que mañana todos los afectados nos curáramos, pero la disfemia es y será nuestra eterna compañera de viaje. Sin embargo, esto no es un panorama apocalíptico ni de una negrura total.

Es hora de tolerar el tartamudeo. Lo más fácil es que no nos curemos, pero la vida es mucho más amplia que el habla. Én cualquier caso, es incontestable que hablar es en todo momento imprescindible. Sin embargo, seguro que, aparte de las que ya hemos explotado, tenemos una serie de cualidades escondidas que esperan salir al exterior. Hablar es, pues, indispensable, pero, a la vez, lo que de verdad es importante es nuestra actitud con nosotros mismos y con los demás; una actitud que debe ser cordial y halagüeña, sociable y amigable, y, sobre todo, potenciando aquellas virtudes con las que podemos obsequiar a nuestros seres queridos.