Preguntas y respuestas

¿La tartamudez tiene cura?

La tartamudez es un trastorno del habla particularmente numeroso en los niños. De hecho, es altamente probable que se pueda curar ella sola, incluso sin ayuda exterior; esta circunstancia, muy cierto, es la más común. Ahora bien, existe la posibilidad que, en un porcentaje mínimo de casos, la tartamudez, ni siquiera con el trabajo competente de un logopeda, pueda curarse. Entonces, ya se puede hablar, claramente, del nacimiento de una tartamudez crónica.

 

Todo adulto que tartamudea tiene tartamudez crónica, y esta difícilmente se cura. Dicho y hecho: los adultos que hoy tartamudeamos, es de lo más probable –por no decir seguro- que siempre lo haremos. Ahora bien, a pesar de estas afirmaciones que no pretenden ser apocalípticas, sí que su intensidad, gracias al trabajo de los logopedas, en algunos casos puede menguar, y, además, se puede aprender a tolerarla llegando a saber convivir con ella.

¿Hay alguna pastilla que haga mejorar la tartamudez?

En el siglo XXI, con la medicina tan avanzada, tenemos que poder tener el apoyo de una medicación cada vez más eficaz y segura. Justo es decir que, con el objetivo de combatir una habla arrítmica, no es insólita la toma, por parte de algunas personas, de antidepresivos y/o ansiolíticos.

 

En la práctica, la función básica del ansiolítico es tranquilizar y relajar al paciente. En una palabra: sosegarlo. El antidepresivo, a su vez, se encarga de mejorar el estado de ánimo y, en consecuencia, una autoestima probablemente devaluada. E incluso, una parte de este tipo de medicación puede llegar a mejorar el nivel del habla. Todo ello debido a una razón muy sencilla de entender: porque considerando que levantan el ánimo y la autoestima, de rebote hacen que nos obsesionemos menos y, en consecuencia, que el tartamudeo tenga algunos progresos favorables.

¿La tartamudez puede aparecer en edades adultas?

Es sabido que el tartamudeo, en una inmensa mayoría de los casos, surge en la niñez, particularmente durante los estadios iniciales del desarrollo del lenguaje. Esta circunstancia, a la postre, es la más común. Ahora bien, en algunas personas puede aparecer, por primera vez, mucho más tarde; es decir, avanzada la juventud o, incluso, en edades adultas, cosa que representa una minoría en medio de la minoría que, propiamente, somos los afectados de tartamudeo.

 

Con estas palabras, es evidente que no pretendo atemorizar, o como mínimo inquietar, a ninguna persona fluida. Se trata de una minoría entre una minoría, aunque es indiscutible que se haría necesario, en este contexto hipotético, intentar adaptarse. En la práctica, pasar de expresarse con una fluidez total a empezar a trabarse es un cambio que conviene no menospreciar.

¿La intensidad del tartamudeo de una persona puede variar de un rato a otro, de un día a otro o de una época a otra?

Es muy frecuente que las personas con tartamudez hayamos comprobado la fluctuación momentánea, diaria, o, incluso, anual, en la intensidad de la disfluencia. Básicamente, esta realidad bastante común e indiscutible tiene una razón de peso que conviene manifestar.

 

Expuesto esto, es conveniente afirmar que todo aquello que nos vaya sucediendo en nuestras vidas es capaz de afectar nuestro punto débil principal, que es la expresión oral. En cuatro palabras precisas: mientras que las novedades y las experiencias positivas pueden hacer bajar el grado de tartamudeo, las noticias y las vivencias negativas nos pueden trastornar, un trastorno, en consecuencia, que suele evidenciarse en una agravación temporal del trastorno. Es decir: las causas externas tienen un protagonismo notable, más allá de la cronificación de la tartamudez, en el ritmo de nuestras oraciones.

¿La tartamudez es una enfermedad?

Todavía en la actualidad, no es infrecuente sentir o leer que la tartamudez es una enfermedad. Esta afirmación es totalmente errónea. La tartamudez no es ninguna enfermedad, y las personas afectadas no somos enfermas. El tartamudeo es un trastorno, una disfunción y, en cierto modo, una anomalía.

¿La tartamudez es una discapacidad?

La respuesta a esta pregunta bien merecería, posiblemente, todo un debate. Y es que, a la postre, no es superficial ni intrascendente. De un lado, tenemos el grado de tartamudez de cada afectado. De otro, si al afectado que tiene un grado alto se le puede considerar, de discapacitado. Este detalle conviene apuntarlo porque puede haber personas que se vean, y otras, a su vez, porque la disfluencia es más suave, que no.

 

Sin embargo, existe la posibilidad, para nosotros, de obtener un certificado de discapacitado. Para tener el certificado es imprescindible haber sido evaluado por un tribunal médico y pagar 450 euros. Aún así, quién lo solicita tiene todos los números de conseguirlo. Poseerlo, da la oportunidad de tener ventajas y descuentos en múltiples aspectos.

¿Las personas con tartamudez somos tan inteligentes como cualquier otra?

Una cuestión que nos ha inquietado en diversas ocasiones a las personas disfémicas es si la gente sabe distinguir entre una persona que tiene un trastorno del habla y otra que sufre una disminución psíquica.

 

Vale la pena remarcar que estos pensamientos tan demoledores y que no son en absoluto inofensivos para quienes se los plantean, que es significativo tener en consideración que está científicamente demostrado que las personas disfluentes no tenemos un coeficiente intelectual inferior, ni tan sólo levemente, al 99% restante de la población.

 

A pesar de esta certidumbre, es verdad que es probable que todavía algunas personas pueden asociar tartamudez con una inteligencia menor. Básicamente, debido a dos razones principales: primera, a consecuencia del estigma y la deshonra que históricamente ha acompañado al tartamudeo; en segundo lugar, porque las personas que no nos expresamos rítmicamente solemos reemplazar una palabra que nos cuesta decir por otra que muchas veces es mucho menos adecuada; tan poco, a veces, que puede resultar desconcertante para el oyente. Es más: según la extrañeza que exteriorice el oyente, la persona afectada por el tartamudeo puede llegar a creer –y no tan sólo en casos extremos- que su nivel intelectual queda atrasado respecto al del interlocutor. Y es que, estrictamente, esta es una de las creencias negativas que han rodeado y deteriorado más la calidad de vida de algunas personas con evidencias de tartamudez.

¿Es tan grave tener tartamudez como para tener ideas de suicidio?

Es el momento de destacar que cuando una persona escupe el aviso que se plantea dejar de vivir, sea cual sea su edad y situación particular, es indispensable que siempre –¡siempre!- nos lo tomemos seriamente, y con urgencia ponerla bajo el paraguas de un psiquiatra. El mundo está demasiado lleno de este tipo de tragedias.

 

En este contexto, son numerosos los afectados de tartamudez que han tenido ideas suicidas. Son menos, por suerte, los que lo han intentado. Sin embargo, y lastimosamente, sí que es verdad que algunas personas disfémicas se han quitado la vida. De hecho, verse obstruidos de poderse desarrollar con la fortaleza con que lo hacen los otros y tartamudear con severidad en todo momento puede llegar a ser un contratiempo desmoralizador que imposibilita una calidad de vida mínimamente óptima.

¿A las personas con tartamudez les cuesta más encontrar trabajo?

Además de los problemas emocionales que puede comportar la tartamudez, es del todo cierto que hay otros de varios tipos. En este sentido, uno de las trabas más serias y que pueden incapacitar claramente, es que, para los disfluentes, es más difícil encontrar trabajo –donde hay que pasar una entrevista personal que puede convertirse en todo un dolor de cabeza para el disfémico- o, ya directamente, desarrollarse.

 

En efecto, el tartamudeo es capaz de dinamitar e imposibilitar muchas carreras profesionales que, sin el trastorno, serían satisfactorias. De hecho, es probable encontrar numerosas personas con tartamudez frustradas desde el punto de vista profesional. De todo esto tenemos que sacar una conclusión rotunda: uno de los aspectos de la vida más significativos donde la tartamudez afecta a las personas afectadas es en su carrera profesional.

¿Las personas tartamudas están discriminadas?

¿Por qué en tantas ocasiones, en especial en tiempos que ya forman parte del pasado, aunque en la actualidad bastante menos, se ha equiparado la tartamudez a un tema tabú, o sea, del cual era mejor evitar hablar?. Es decir: ¿estamos discriminados?.

 

A pesar de que las personas con disfemia hemos vivido situaciones a veces chocantes, traumáticas y altamente desesperanzadoras, sólo algunas -y tan sólo raramente- han osado sacar la disfluencia a conversación. Dicho de otro modo: una infinidad de personas diezmadas por el trastorno ha sufrido a escondidas y en secreto un sufrimiento de proporciones más que considerables. Es muy probable, pues, que haya sido debido por una razón fundamental: porque a menudo -detalle nada menospreciable que, y lo subrayo, ya se empieza a corregir- la persona disfemica ha sido estigmatizada como anómala, desagradable y repulsiva. Todo y estas durísimas circunstancias, hoy el escenario aparentemente parece menos odioso.

 

A la postre, las personas con tartamudez se han inclinado y todavía se inclinan, en general, a no expresar a prácticamente nadie -¡o a nadie!- su problema; tanto, para entenderlo, que lo han pretendido enterrar evitando hablar, incluso, con las personas más cercanas. En cuatro palabras precisas: todo aquello que rodease a la tartamudez, con excesiva frivolidad ha sido visto como una anormalidad.

¿Por qué cuando cantamos las personas con tartamudez somos fluidas?

Las personas que no tenemos fluidez oral disponemos de una serie de singularidades. Una de ellas, por ejemplo, y es una buena curiosidad, es que, si cantamos, y en particular si lo hacemos en grupo, nos volvemos temporalmente fluidas. Es decir: si cantamos, no nos trabamos.

 

La explicación a esta particularidad es que, cantando, se activa un área del cerebro diferente en relación a la que lo hace cuando, simplemente, hablamos. Esta sería la razón. Y es que son diversas las ocasiones que hemos escuchado decir o hemos leído que las personas disfluentes, cantando, dejamos de serlo momentáneamente. Un detalle, pues, muy cierto.

¿Por qué muchas veces se ha considerado a una persona con tartamudez como 'el tonto del pueblo'?

Es indiscutible –y lo podría o lo podríamos afirmar tantas veces como haga falta- la deshonra que, desde tiempos pasados, a menudo se ha asociado a la tartamudez. Es muy cierto: esta singularidad –o anomalía- en la emisión de las palabras ha comportado que un gran número de afectados hayan sido vistos como seres inferiores. En cuatro palabras precisas: un montón de veces se ha considerado una persona con tartamudez como “el tonto del pueblo”. Así de cruel, así de claro, así de injusto y contundente. Y es que tampoco ha ayudado que era habitual, en muchas películas españolas de los años sesenta y setenta, que al tartamudo de la película se le considerara, precisamente, “el tonto del pueblo”.

 

En este sentido, hay que remarcar de nuevo y profundamente el estigma y la incomprensión, a todos los niveles y no tan sólo en el cine, que con tanta frecuencia ha acompañado todo aquello que rodease al trastorno del habla más común. En efecto, tanto si vivimos en Badalona, como Madrid o Caracas, las personas que, en ocasiones, nos cuesta expresarnos no somos ni seres inferiores ni “los tontos del pueblo”. Y es que, como todo el mundo, tenemos defectos y virtudes, pero nos hermana esta peculiaridad oral: de manera más o menos habitual nos encallamos.

¿Ha llegado la hora de hablar con naturalidad de la tartamudez?

Es innegable que ya ha llegado el momento preciso, como sociedad pero también a nivel individual, de intentar hacer el esfuerzo para hablar de la tartamudez, sea la nuestra propia o la de alguna persona más o menos próxima, con naturalidad y espontaneidad. Por lo tanto, exteriorizando el trastorno sin dramatismos y alejándolo de una visión particularmente pesimista y angustiosa, es evidente que haremos nuestra aportación con el objetivo de relativizar qué significa ser disfluente.

¿Qué trucos utilizamos los afectados de tartamudeo para intentar disimular la disfluència?

El habla de muchas personas afectadas de tartamudeo varía en función de todo aquello que les vaya pasando. En consecuencia, mientras que algunos días o en algunas épocas las frases salen de una manera más rítmica y favorable, en otras ocasiones nos trabamos con facilidad.

 

Así, cuando arrastramos una serie de días en los que el habla está espesa, y con la plena intención de amortiguar la riada de frases irregulares, solemos utilizar con mucha frecuencia unas palabras de apoyo para intentar expresarnos más fluidamente. Por ejemplo, “pues” y “así” son casos recurrentes que situamos en medio de las frases.

 

Estas palabras de apoyo los podemos definir como un tipo de “muletillas”. Ahora bien, es verdad que no forzosamente a todas las personas que hablamos diferente nos van bien las mismas palabras de apoyo. En cualquier caso, es un truco que, con más o menos éxito, sirve para pretender disimular el tartamudeo ante gente con la cual se quiere quedar bien.

¿Cómo puede ser que, a veces nos preguntamos, todavía haya gente que hable de la tartamudez en tono despectivo?

A las personas que nos trabamos a la hora de expresarnos nos irrita especialmente que todavía haya gente, hoy en día, que haga mofa, de alguna manera u otra, y aquí hay que incluir “chistes”, de nuestro trastorno. Directamente, los vemos como insensibles, gente que nos deja helados con sus comentarios enormemente desafortunados. Entonces, nos preguntamos: ¿son ganas de hacerse el “chulo”? ¿Les da absolutamente igual las trabas que puedan tener los demás?. ¿Son individuos sin cultura?. ¿O, simplemente, son mal educados?. Pero no, ¡no nos acallarán!.

¿Las personas disfluentes soñamos que somos fluidas?

En medio del océano de incertidumbre, de complejidad en las emociones, de trabas en la vida cotidiana e, incluso, con sentimientos al cariz de la soledad que acompañan a un gran número de personas afectadas de tartamudez, hay posibilidad manifiesta de un oasis involuntario de calma y bienestar.

 

Efectivamente, si son numerosísimos los tartamudos, a pesar de que, hay que advertirlo, no todos la sufren, que se encuentran atrapados en la inestabilidad, es verdad que, durmiendo, podemos tener un sueño único y glorioso. Así es: con más o menos regularidad en el tiempo, somos muchos los disfluentes que hemos soñado que nuestra habla no era anómala. Dicho de otro modo: que nos expresábamos sin trabarnos lo más mínimo o, como mínimo, que hablábamos mucho más fluidamente de lo que solemos hacerlo.

¿Más allá de los tipos oficiales de tartamudez, hay tantas como personas afectadas?

Hay que remarcar que un 1% de la población no se expresa, a la hora de hablar, con fluidez. Ahora bien, a pesar de que las líneas maestras que exponen los especialistas son congruentes y están científicamente probadas, en el sentido de los varios tipos de tartamudez que hay, es bien cierto que, a la vez, podemos afirmar que hay tantas tartamudeces como personas afectadas. Este detalle, en la práctica, es significativo.

 

Así, juntando y agrupando personas disfluentes, un afectado atento a las particularidades orales de cada uno o bien una persona sin el trastorno que también escuche atentamente, percibirá que cada chico o chica, o cada hombre o mujer, tiene un tartamudeo diferente e individualizado. Dicho esto, hay que comentar, en consecuencia, un detalle perfectamente extrapolable. Y es que, en el mundo, hay millones de tartamudeces diferentes; en el conjunto de España, centenares de miles, y concretando en Cataluña, decenas de miles. Cada uno de nosotros es, en este sentido, un ejemplo demostrable.

¿Quién es el futbolista tartamudo más famoso?

El futbolista tartamudo más famoso, considerando, en este sentido, su calidad sobre el terreno de juego y el hecho de pertenecer a un equipo de primera fila, es el delantero colombiano James Rodríguez, que pertenece al Real Madrid (juega actualmente como cedido en el Bayern de Munich) y que fue uno de los mejores jugadores del Mundial del 2014. Así, escuchándolo en declaraciones a los periodistas que se difunden por televisión, es fácilmente comprobable su manera arrítmica de expresarse.

¿Una persona con tartamudez puede fascinarse escuchando a un magnífico orador? ¿O se lo comerá la envidia?

Hay ciertos tertulianos televisivos y radiofónicos, determinados presentadores de estos dos medios de comunicación, varios profesores y algunos políticos y actores que tienen un habla realmente majestuosa, y que provocan que escucharlos sea un placer absoluto. ¡Incluso para un afectado o afectada de tartamudeo!.

 

En este orden de cosas, es relativamente frecuente prestar atención a personas de estos campos mencionados que tienen una oratoria, como mínimo, sensacional. O literalmente, perfecta. Y ojo: bastantes personas con tartamudez no las envidiamos en absoluto. Y es que, en estas situaciones, sólo nos queda quitarnos el sombrero y aplaudir.

¿Una persona con tartamudez se expresa con fluidez si no piensa en su trastorno oral?

Este detalle es tan cierto como muy explícito. Así, en el supuesto de que vayamos a hablar con alguien o ya lo estemos haciendo, es altamente probable que tengamos presente nuestro trastorno oral, independientemente del grado de tartamudeo que nos afecte aquel día.

 

Es conveniente apuntar este dato porque la situación descrita es tan común como general. Es decir: las personas disfémicas pensamos en nuestra disfluencia una gran parte del día, por no decir, incluso, que en todo momento. Dicho de otro modo: se puede considerar este hecho como un síntoma más que evidente de la obsesión mental que afecta a numerosas personas con tartamudeo.

 

Ahora bien, en este contexto habitual, existe la posibilidad que, transitoriamente, no pensemos en la disfluencia. Entonces, tenemos bastantes números de expresarnos rítmicamente, sin trabarnos lo más mínimo. De todo esto hay que sacar una conclusión relevante. Y es que la tartamudez tiene un componente psicológico notable.

¿Realmente, la tartamudez puede invalidar tanto una persona?

Hay que contar con la posibilidad que, a la sombra de esta joya enaltecida que es el desarrollo del lenguaje en los niños, haya el riesgo que pueda surgir un inconveniente, una traba remarcable y bastante llamativa que estropee este periodo capital.

 

Así, en los casos en que aparece la tartamudez, se ha comprobado que es a partir de la raya de los cinco o seis años cuando el niño percibe que su habla es diferente -eventualidad que lo intranquiliza- a la de las otras personas. Además, hay que destacar que, normalmente, ya en la niñez se perfilan las primeras señales que llevan a las criaturas a esquivar o a angustiarse ante situaciones donde sea necesaria hablar. Ligado con todo esto, existe la posibilidad que se pueda haber originado una tartamudez crónica.

 

De acuerdo con estas afirmaciones, se hace muy patente que una habla disfémica puede, ya en edades prematuras, alterar nuestra incipiente personalidad. Y es que parece innegable que en el habla se encuentra una parte significativa de la personalidad de cada uno, seamos o no seamos personas disfluentes.

 

No podemos menospreciar, en relación con la cuestión anterior, que en el habla se encuentra una parte relevante de nuestra identidad. Esta coyuntura, ciertamente, posibilita que una persona con una expresión oral embarullada y laberíntica cuente, sobre todo, con una autoestima y un concepto de sí mismo no muy esperanzador. Y también: que el optimismo no sea uno de los hechos diferenciales de su carácter.

 

En la práctica, es válido anotar que uno de los pensamientos por excelencia que en la edad adulta nos rodean a los tartamudos -y, por lo tanto, que hemos vivido la cronificación del trastorno- son las consecuencias negativas que en profusos ámbitos de la vida se pueden derivar. Así, es bastante común, valorando los reducidos éxitos terapéuticos en los intentos para dejar de tartamudear, que un conjunto de sentimientos negativos, como el miedo, la ansiedad, la frustación y la vergüenza, son evocados como situaciones recurrentes.

 

Considerando el habla tal como es un proceso comunicativo, es irrefutable, en consecuencia, su vínculo con todo un cúmulo de factores negativos emocionales y sociales que no hacen otra cosa que agudizar el condicionamiento de cara a la vida diaria y el sufrimiento a que estamos sometidos, en muchas ocasiones, los adultos con disfemia. Y es que, en definitiva, es innegable que la calidad de vida de esta parte de la población se ve profundamente alterada, tanto que suele arraigar un autoconcepto de persona incapacitada y enormemente limitada. Francamente, muchos de nosotros hemos tenido que convivir envueltos de una moral tan frágil y quebradiza como una figura de porcelana.

 

En estas inestables condiciones, es bastante frecuente que los pensamientos sobre la tartamudez mientras se habla sean permanentes en el decurso de una conversación o simplemente de una frase; es decir, que la persona que sufre una disfemia dura y cruel no deja de autocontrolarse, detalle que lo inquieta todavía más y refuerza un habla ya bastante débil. De todo esto tenemos que sacar una conclusión concreta, particularmente enfocada a aquellas personas afectadas de tartamudez severa: la confianza queda tan tocada que, habitualmente, la persona que tartamudea con intensidad tiene la seguridad que causa una muy mala impresión al oyente. Fruto directo de esta circunstancia, hay que anotar que, lastimosamente, la calidad de vida de las personas más tocadas por la disfluencia se resiente de una manera muy marcada.

 

Hay que anotar que muchas personas disfémicas hace tiempo que han perdido la cuenta de las veces que han derramado lágrimas por culpa del trastorno. ¿Decenas?. ¿Docenas?. ¿Centenares?. En unas ocasiones, los ojos simplemente se han humedecido; otras veces, en cambio, y señal inequívoca de unas inclemencias de lo más poderosas y demoledoras, han sido verdaderos llantos.

 

En otro orden de cosas, justo es decir que, aparentemente, relacionarse con otras personas puede parecer una tarea muy sencilla y reiterativa. Interactuar con una serie de gente diversa forma parte de la cotidianidad más absoluta. Pero en este escenario bastante común y rutinario es paradójico que haya personas que vivan, casi, desconectadas de la realidad diaria, del mundo y del entorno. Desgraciadamente, el tartamudeo ha aportado demasiadas dosis de aislamiento.

 

En este contexto, diezmadas y fuertemente afligidas debido a unas vivencias habituales hostiles, es sobrecogedor afirmar que algunas persones adultas han optado por vivir prácticamente aisladas de las relaciones sociales, alejadas de unas perspectivas que alcanzaran progresos laborales y con un día a día totalmente condicionado por la disfluencia. Y es que, con el propósito de que entendáis la intensidad que pueden lograr los factores emocionales y psicológicos nocivos, cabe decir que casi la mitad de los adultos disfluentes sufre fobia social.

 

Ciertamente, bastante más ligado a las personas con tartamudez moderada o severa que no a quienes la sufren ligera, esta coyuntura puede ser muy real. Y es que, considerando que estas personas se ven a sí mismas como mal hablantes, es probable, en consecuencia, que eviten lo máximo posible comunicarse. En cuatro palabras precisas: un ejemplo más y bastante relevante a sumar a las dificultades interpersonales y sociales que, de manera recurrente, puede comportar un tartamudeo agudo e intenso.

 

En todo esto, hay un detalle demoledor que agrava el flojo estado anímico de muchos afectados. Así, rompiendo todavía más la calidad de vida de algunos de ellos, no es extraño que puedan llegar a la conclusión que su nivel intelectual es bajo, inferior al de la gran mayoría de la población y, además, y pocas dudas pueden llegar a tener, sospechando que sean disminuidos psíquicos. En este sentido, es verdad que el estigma que tradicionalmente ha acompañado la tartamudez ha ayudado vivamente.

 

Un último aspecto relevante obligatorio de comentar son las burlas que hemos sufrido muchas personas disfluentes, y que pueden comportar un sentimiento de incapacitación todavía más notable.

 

Estrictamente, burlarse de una persona con tartamudeo es cruel, inhumano, casi un acto salvaje y despiadado. Y hacerlo sin compasión, con un ímpetu enfermizo, es digno de la máxima repulsa. La mayoría de tartamudos hemos recibido actitudes ofensivas, en ocasiones demoledoras. Estos comportamientos llenos de hostilidad pueden llegar a generar, en los casos agudos, profundas depresiones; como mínimo, un rosario de sensaciones de incredulidad y desconcierto exasperantes. Pero, ¿y los chistes? No somos pocas las personas que hemos escuchado chistes –bromas, si se pueden llamar así, totalmente injustas- en que una persona con tartamudez es el protagonista destacado. Quien más quien menos recuerda aquel presunto showman televisivo de los años ochenta y noventa que se llamaba Arévalo. No era agradable escucharlo, y todavía menos comprobar como el público reía a carcajadas. ¡Humillante!.