Mi historia

Tengo una singularidad que no me hace ni mejor ni peor persona. Puedo deciros que hablo diferente, no mal. En una palabra precisa: soy tartamudo, soy tartamudo desde los cuatro años, y ya hace mucho tiempo que desarrollé una tartamudez crónica que me ha condicionado numerosos aspectos del día a día. Sin embargo, a pesar de los numerosos episodios de cierre en mí mismo y de zambullirme en mi propia burbuja me siento relativamente afortunado. ¿Sabéis por qué? Porque, no sin unos más que notables esfuerzos y el esencial empujón exterior, aprendí, más o menos aunque es complicado que del todo, a aceptar y a convivir con el trastorno del habla que me acompaña allá donde voy.

Tengo que mencionar que mi historia como persona disfluente es un caso típico y común entre los miles de afectados que hay en nuestro país. Ciertamente, lo apunto desde una perspectiva concreta y que lo valida perfectamente. Y es que durante el proceso de aprendizaje y desarrollo del lenguaje es cuando me surgió el trastorno del habla que ocupa la web. Es verdad: a los cuatro años, empecé a trabarme a la hora de expresarme, y, en consecuencia, la aparición de la disfemia en esta edad es una circunstancia corriente.

Es importante anunciar que la manera de tratar una tartamudez incipiente es muy diferente como se hace actualmente a cómo se hacía a finales de los años 70. Antes, por encima de todo, se creía que lo mejor era esperar. ¡Error! Este error, posiblemente, me condenó. En aquel contexto ya tan lejano en el tiempo, pretendí relacionar con algún hecho por qué mi habla era discordante. Y así até cabos: coincidía con el nacimiento de mi hermana, y esta era, además, una teoría, o sea que la llegada al mundo de un hermano era una causa directa de tartamudeo, que entonces se daba por real. Hoy, la idea es tan estrambótica cómo anticuada.

Tengo que manifestar, pues, que desde los cuatro años he sido tartamudo. A pesar de esto, hubo un periodo de bonanza marcada comprendido entre 1994 y el 2000, espacio de tiempo en que la tartamudez sólo era testimonial. Este hecho me reforzó enormemente. Entonces, fui a la Universidad, hice radio e hice charlas. Pero en 2001, la bonanza se rompió.

Justo es decir que desde entonces no he dejado de tartamudear. Eso sí: el trastorno fluctúa. Es decir: mientras que en unos días o épocas me expreso con más fluidez, esta realidad contrasta con rachas de un tartamudeo más agudo. Creo, a pesar de esto, que no tengo tartamudez severa, pero tampoco moderada. Y otra cosa: la gran mayoría de variaciones que tiene la intensidad de mi disfluencia viene dada debido a todo lo que me vaya sucediendo. Así, las malas noticias y los disgustos me rompen el habla, mientras que los eventos dignos de celebración me elevan la calidad del habla.

Sin embargo, tengo casi asumido que el ritmo irregular de mis oraciones me acompañará por siempre jamás, hasta el último día, viva los años que viva. ¿Qué tengo que hacer, por lo tanto? ¿Lamentarme y pasar el día encogido porque difícilmente puedo hacer ciertas cosas? Creo que es indispensable disfrutar del apoyo de mi círculo de gente más cercano, pero sin olvidar, ni mucho menos, hacer todo aquello que sea terapéutico para combatir la tartamudez crónica. Dicho de otro modo: buscar el placer de todo lo que me haga sentir bien, una táctica clara contra la disfluencia. Y sí, a menudo no hablo con fluidez, ni puedo hacer discursos ovacionables, pero tengo un arma altamente poderosa que también ayuda a contrarrestar el trastorno: querer y dejarme querer por mi gente.